¿Buena o Mala Suerte?

Carla y Sandra están cenando juntas en el piso de ésta última. Están celebrando que Sandra se ha independizado. Carla observa con entusiasmo el piso que ha alquilado Sandra y le dice: “¡Es fantástico Sandra! ¡Has tenido mucha suerte! Aunque tú siempre tienes muy buena suerte, todo te sale bien. No como yo, que tengo muy mala suerte y nunca consigo nada”.

Sandra sonrió a su amiga y le dijo: “No digas eso Carla. Tú no tienes mala suerte, simplemente no usas tus recursos y capacidades para conseguir lo que quieres”. Carla, poniendo cara de no entender, le replicó: “No es así Sandra. Yo sigo viviendo en casa de mis padres porque no encuentro piso para alquilar y tú ya lo has encontrado. Además, las dos hemos hecho la misma carrera y tú tienes un trabajo mejor que el mío. A ti siempre te van las cosas mejor que a mí. Dime si no es que tú tienes mucha suerte y yo no”. Sandra entonces le preguntó: “Carla, ¿qué estás haciendo para buscar piso de alquiler?” Carla le respondió: “He preguntado en dos inmobiliarias y les he pedido que me avisen cuando tengan alguno para visitar. Me han llamado dos veces. Uno no me gustó y el otro no me venía bien visitarlo ese día, y al día siguiente ya estaba cogido. ¿Ves cómo tengo mala suerte?”

Sandra, mirando a los ojos de su amiga, le dijo: “Carla, si esperas que la solución te venga de fuera, sin esforzarte tú, no vas a conseguir nada” Y antes de que Carla replicara, Sandra prosiguió: “Mira, el mundo está lleno de oportunidades, pero tienes que estar abierta a verlas y preparada para cogerlas. Te pongo mi ejemplo: Para conseguir este piso, yo he visitado muchas inmobiliarias, me he visto todas las webs de alquiler, he llamado a muchos pisos y he visitado muchos otros. Al final, gracias a mi esfuerzo, he encontrado el piso ideal para mí. Yo a esto no lo llamo buena suerte, lo llamo premio a mi esfuerzo. Y lo mismo hice con el trabajo. Tú te conformaste con lo primero que te salió. Yo seguí buscando, hasta que encontré el trabajo que más me gustaba y más adecuado a mis expectativas.”

Carla bajó los ojos y dijo: “Puede que tengas razón. Es cierto que no me he movido mucho buscando piso y me he conformado con el primer trabajo que encontré, sin buscar más…” Entonces Sandra le dijo: “Carla, tu buena suerte depende mucho de ti, de lo que hagas, del esfuerzo, constancia y tiempo que pongas en ello, y de poner tus capacidades y tus recursos centrados en tu objetivo. ¡En el momento que pongas todo esto a funcionar, tendrás muy buena suerte!

¡Vacaciones!

¡Ya llegó el verano! Muchos están ya de vacaciones y otros están contando los últimos días de trabajo para poder disfrutar del descanso merecido. Es maravilloso poder disfrutar de varios días sin trabajar, pero ¿por qué a unos se les pasan rápidamente las vacaciones y a otros no? Hay muchas cosas que pueden influir. Vamos a ver algunas de ellas.

Puede que tengas preparado todo al milímetro y al minuto: “voy a llegar a las 12, luego tengo que ir a comer al restaurante x y tengo que estar a las cuatro en la calle tal, para poder hacer todo lo que tengo que hacer esa tarde, porque si no, se me acumula para el día siguiente, que ya está con una agenda super apretada de cosas que tengo que hacer, excursiones, citas, compras, etc.” Estoy segura de que, solo con leer este párrafo, ya te sientes cansado/a o agobiado/a. Recuerda que las vacaciones son para descansar, no para cansarte mucho más. Si no, tendrás que “tomarte vacaciones de las vacaciones”.

O quizás tienes unas vacaciones tranquilas, sin sobresaltos ni carreras para llegar a los sitios, pero ni te das cuenta de dónde estás porque tienes en mente el último informe que hiciste, que todavía podía haber estado mejor, o ese proyecto que estabas haciendo y que has tenido que dejar a la mitad para irte de vacaciones, que seguro te van a estropear otros o van a quedarse con todas tus ideas para quedar ellos bien ante tu jefe. O simplemente estás dándole vueltas a esa discusión que has tenido con tu amigo/a, padre/madre, etc. y no puedes pensar en otra cosa. Si no estás en el aquí y ahora, da igual que estés de vacaciones o no, porque no te darás cuenta y se pasarán volando. No descansarás ni lo pasarás bien.

Las vacaciones son para estar con uno mismo, relajarse, tomar conciencia de dónde estás y qué haces, descansar, para recargar pilas y disfrutar. Y para eso, tienes que estar en el aquí y ahora. Y ¿cómo se hace? Poniendo los cinco sentidos. Por ejemplo, si estás en la playa, observa tu alrededor, escucha el ruido de las olas, el murmullo de la gente, siente el sol en tu piel, siente la brisa, toca la arena, siente el frescor del agua cuando te estás bañando, huele el mar, siente el agua salada en tus labios… Comprobarás que el tiempo no corre tanto como antes y que disfrutas mucho más del descanso o de lo que estés haciendo, con lo que vivirás más intensamente las vacaciones y no pasarán sin que te des cuenta de ellas. ¡Empieza desde ya!

Masculina y Femenino

¿Has escuchado alguna vez la afirmación “los hombres no lloran”? ¿Y has podido observar cómo se mira con asombro, y a veces con rechazo, a una mujer fuerte y agresiva? En nuestra cultura hay estereotipos o roles que les son asignados a los hombres y a las mujeres. Y aunque estamos avanzando mucho en el siglo XXI, todavía hay que vencer muchas de las creencias que tenemos todos como sociedad.

Estas creencias, transmitidas de padres a hijos, y a través de la sociedad, nos dicen que los hombres deben ser fuertes, racionales, analíticos, competitivos, con iniciativa, decisión, autoridad, firmeza, y agresividad en algunos aspectos. Por tanto, a los hombres que muestran tristeza o lloran se les tacha de débiles y vulnerables, con lo que, muchos de ellos, tratarán de esconder estas emociones. Y estas mismas creencias nos dicen que las mujeres son sensibles, intuitivas, acogedoras, empáticas, volcadas en las necesidades de los demás, débiles y vulnerables. Por tanto, las mujeres que se muestran fuertes y autosuficientes, o se enfadan, les añaden adjetivos negativos, como que son egoístas, y se las rechaza, con lo que algunas de ellas se sentirán culpables por no haberse reprimido. Es más, si un hombre consigue éxito, se le felicita, se le llama líder, pero si es una mujer la que lo consigue, se sospecha de cómo lo ha conseguido y se le llama mandona y/o controladora.

Debemos darnos cuenta de que todos, hombres y mujeres, tenemos dentro de nosotros cualidades masculinas y femeninas, lo que algunas personas llaman “parte masculina” y “parte femenina”. Todos somos seres emocionales, y, por tanto, todos podemos ser fuertes, firmes, autosuficientes y asertivos, y a la vez, sentir tristeza ante las pérdidas, ser empáticos, sensibles, intuitivos y acogedores. Todo depende de la situación en la que estemos. Un ejemplo claro puede verse en los hombres que tienen profesiones sanitarias. En ellos se ve muy claro la “parte femenina” de acogimiento, cuidado, ternura, sensibilidad, y no se les tacha de vulnerables. Y también podemos verlo en las mujeres con profesiones jurídicas. Tienen muy desarrollada su “parte masculina” de autoridad, seguridad, fuerza y asertividad, sin que por eso dejen de lado sus cualidades de mujer. Es importante tener todo esto en mente en la educación de los niños de este siglo, para que todas esas creencias del pasado evolucionen hacia la realidad presente. Y también, tener claro que la rabia nos da energía para cambiar cosas o situaciones, y que la tristeza nos quita energía para poder entrar en nuestro interior y aceptar lo que no podemos cambiar. Estas dos emociones son propias del ser humano, sin distinción de género.

¿Es bueno compararse?

¿Es bueno compararse?

Hay muchas personas que sólo tienen una imagen de sí mismas cuando se comparan con otras. Y da la casualidad que, en esta comparación, ellas siempre quedan peor que las demás: ellas son más feas, más bajas, más altas, más gordas, más flacas, tienen más curvas, menos curvas, más músculos, menos músculos, menos inteligencia, menos habilidades, y un largo etcétera. Cuando se comparan, la otra persona tiene algo que ellas no tienen, y, por tanto, se ven peor o en inferioridad, ya que, por ejemplo, si la persona es muy baja, se fija en la belleza de ser alta; y si son muy altas, se fijan en la belleza de ser baja. Es decir, siempre vemos en los demás algo que no tenemos, y cuando se hace una comparación siempre sale alguien perdiendo y sufre.

¿De dónde viene esta forma de pensar? Cuando éramos pequeños/as, nuestros padres nos solían comparar con otros niños o niñas de nuestra edad, de la familia, del entorno o vecinos. Todos conocemos los comentarios: “Deberías sacar mejor notas, como tu hermana”, o “no entiendo porqué se te da mal el futbol cuando todos tus compañeros juegan bien”. Nuestros padres nos han comparado con otros y otras, quedando nosotros mal, a veces para reñirnos, y otras veces para alentarnos y hacernos competitivos. Pero el caso es que nos estaban enseñando que en la vida tenemos que competir y ser mejores que los demás en todo, cuando eso no es posible, ya que hay muchas variables a tener en cuenta antes de poder hacer una afirmación así.

Si queremos que la comparación no afecte en descalificaciones de uno u otro, tenemos que compararnos solo con nosotros mismos. ¿Y cómo se hace eso? Pues tenemos que compararnos nosotros antes y ahora, es decir, cómo éramos hace unos años y cómo somos ahora, cómo era nuestro camino, nuestras inquietudes, nuestra mentalidad, nuestros estudios, trabajo, amigos, experiencia y todo lo que hemos aprendido de todo eso, que nos ha traído a nuestro yo de ahora. Así sí saldremos beneficiados.

Y si en algo estamos peor, es una buena forma de ver qué tenemos que cambiar, dónde tenemos que centrarnos para mejorar, para que, en el futuro, cuando nos comparemos con nuestro yo de ahora, sigamos saliendo beneficiados.

Recuerda: La comparación sana es la de compararnos nosotros en el presente con nosotros mismos en el pasado.

¡Di lo que piensas!

¡Di lo que piensas!

Una tarde cualquiera, tomando café, una pareja joven que se está conociendo, Mario y Rosa, estaban hablando de hacer algo diferente el fin de semana. Rosa, entusiasmada, propuso a Mario hacer senderismo. Mario, sin pensarlo mucho, dijo que sí. Rosa, mirándole, preguntó: “De verdad te gustaría ir de senderismo?” Mario le dijo: “Me parece bien”. Rosa entonces dijo: “No te pregunto si te parece bien, te pregunto si te gustaría”. Mario, sorprendido por las palabras de Rosa, le preguntó qué quería decir. Entonces ella le dijo: “Verás, es que te oigo decir que sí, pero tu cara parece decir que no te gusta este plan”.

Mario abrió los ojos sorprendido y pidió disculpas corriendo a Rosa. Le dijo que sí que quería ir, que quería quedar con ella ese fin de semana y que por favor contara con él. Entonces Rosa, sonriendo, le preguntó: “Mario, ¿has ido alguna vez a hacer senderismo?” Él respondió: “sí, fui una vez hace mucho tiempo”. Rosa entonces le preguntó: “¿Y te gustó?” Mario, dudando si hablar o no, al final bajó los ojos y dijo que no. Rosa entonces le dijo: “Si no te gusta, ¿por qué me has dicho que sí quieres ir?” Él le respondió: “Es que te hace mucha ilusión y yo quiero quedar este fin de semana contigo. Pensé que, si te decía que no, te irías sin mí”.

Rosa le sonrió y dijo: “Mario, es verdad que me gusta el senderismo, pero también me gusta hacer otras cosas. ¿Qué te gustaría hacer a ti?” Mario, sabía lo que le gustaría hacer, pero no se atrevía a decirlo, por si a Rosa no le gustaba el plan. Al final, se armó de valor y le dijo: “Me gustaría ver la película que estrenan este fin de semana y cenar en un italiano, pero como dijiste de hacer algo diferente, no me atreví a decírtelo.” Rosa le miró y dijo: “Mario, tu opinión para mí es importante. Si no dices lo que piensas, no lo pasaremos bien los dos, que es de lo que se trata. No quiero que pienses que te voy a rechazar porque digas lo que te gusta y lo que no. Precisamente, al decirlo, te voy conociendo mejor y así podemos crear planes al gusto de los dos.”

Mario, entonces, le dijo: “Tienes razón, si no hablo, no sabes lo que pienso. Entiendo que es difícil estar con alguien que no se deja conocer, pero me importaba más que tú me rechazaras. Y me acabo de dar cuenta que yo no te rechazaría a ti si pensaras diferente a mí. A partir de ahora voy a procurar decirte lo que pienso y siento, y así nos conoceremos mejor”.

Trabaja y disfruta

disfrutatrabaja

Carlos y Javier están tomando algo en un bar, tras haber salido de la oficina. Carlos no para de quejarse que la crisis no se va a ir nunca y que por eso van a vivir peor que sus padres. Luego añade que todo está muy caro y que no suben los sueldos. Javier le escucha y sonríe. No es la primera vez que Carlos habla de este tema. Carlos, al verle sonreír, le dice: “No sé porqué sonríes. Tú estás en mi misma situación, los dos tenemos el mismo trabajo y los dos vivimos con nuestros padres porque no podemos independizarnos con nuestro sueldo. No veo motivos para sonreír ante lo que te digo”.

Javier entonces respondió: “No te enfades conmigo. Sonrío porque siempre te estás quejando con relación al dinero. Parece que no te das cuenta de que tienes una nómina a final de mes y que el hecho de vivir con tus padres te da más autonomía económica”. Carlos, algo molesto, le respondió: “Pero yo quiero independizarme. Por eso estoy ahorrando muchísimo. Además, tengo un plan de pensiones. Tengo que mirar por mi futuro”.

Javier, ya sin sonreír, le dijo: “No quiero decir que esté mal ahorrar, ya que tienes una meta y unos gastos fijos. Pero fíjate que, si no usas tu dinero, si no lo mueves, no ayudas a que los demás salgan de la crisis. El dinero se mueve de unas personas a otras, comprando y vendiendo, y así todos podemos vivir. Si ahorras sin parar para un futuro que no sabes si va a llegar, vas a tener un presente triste y aburrido. ¿Recuerdas cuando el verano pasado te dije de venir conmigo a un viaje estupendo? Me dijiste que no tenías dinero y que ya viajarías cuando fueras más mayor. No sé lo que te deparará el futuro ni si tendrás salud y fuerza para viajar entonces. Lo que sí sé es que ahora estás sano, tienes trabajo y juventud. Puedes organizarte, como yo lo hago, y en vez de ahorrar tanto, disfrutar más de tu vida y tu presente. Eso te ayudará a llegar con salud, energía y felicidad a tu futuro”.

Carlos se quedó callado. Tenía mucho en que pensar. Javier, viéndole tan reflexivo, le dijo: “Hay un dicho en mi tierra que dice: Con el dinero que ganes, has de hacer tres partes: una para vivir, una para guardar y otra para disfrutar. Piensa tranquilamente en todo lo que te he dicho. Tienes mucha vida por delante, pero vive en el presente y disfrútalo. Y cuando llegue el futuro, ya lo afrontarás.”

Buenos propósitos.

carta

Hola, te escribo esta carta para que la leas lo antes posible. Soy tu yo del futuro, bueno, no tan futuro. Soy tu yo de las navidades de 2018. Te escribo para decirte que este año tenemos que hacerlo mejor. ¿Recuerdas cuando pensamos que íbamos a hacer muchas cosas en 2018? Queríamos empezar a ir al gimnasio, para estar a gusto con nosotros mismos. También queríamos apuntarnos a clases de baile, para poder presumir en todas las bodas y en la fiesta de Nochevieja. Decidimos buscar una academia de inglés para mejorar nuestro nivel y así poder cambiar de trabajo. Íbamos a actualizar nuestro Currículum Vitae y lo íbamos a mandar a todas las webs de empleo. Queríamos ir en verano a un país fantástico donde disfrutar del sol y hacer turismo. Y paro de contarte pues la lista era muuuuy larga…

Te escribo desde el 29 de diciembre de 2018 y te confirmo que este año no hemos hecho nada de lo que habíamos planeado. ¿Quieres saber qué ha ocurrido? Pues nos ha pasado como siempre que empieza un año, que tenemos muchos proyectos, ilusiones, ganas de hacer muchas cosas y no medimos nuestras posibilidades de poder hacer todo lo que nos proponemos. Cuando tienes tantas cosas para hacer, puedes agobiarte y no saber por dónde empezar, te cuesta organizar todo, priorizar y puedes acabar dejando todo para después (como así has hecho este año). Está bien que tengas muchas ideas y propósitos para llevar a cabo, pero te aconsejo que, esta vez, nos lo planteemos de la siguiente forma:

– Empieza poniendo todos los propósitos por escrito. Así tendrás una primera visión de lo que quieres hacer y verás sin son muchos. Céntrate en unos pocos en vez de en todos. Empezar por dos o tres propósitos fáciles y asequibles a corto plazo te puede motivar a seguir adelante, en vez de agobiarte con querer empezar a la vez con 10 de la lista.

– Es importante que analices cada propósito para ver si de verdad quieres hacerlo y si está dentro de tus posibilidades. No es lo mismo decidir empezar a ir a un gimnasio que decidir hacer una maratón sin haber corrido nunca.

– Organízate. Hazte un esquema de lo que necesitas hacer para conseguir cada propósito y prográmate qué harás y cuándo. Esto te puede ayudar a ver que quizás has decidido hacer más cosas de las que caben en tu horario. Elije entonces algunos propósitos y deja el resto para otros años. Te ayudará a centrarte más y canalizar mejor tu energía.

Y si no consigues alguno de ellos, analiza qué ha pasado, aprende y vuelve a intentarlo en otro momento. ¡Seguro que esta vez sí lo conseguimos!

Un pequeño detalle.

Estaba yo sentada en la cafetería de unos grandes almacenes, cuando escuché a mi lado una conversación muy interesante entre dos mujeres. Una de ellas, al ver que la otra solo llevaba una bolsa, le preguntó: “Ana, ¿ya has hecho la compra de los regalos de Reyes?”. Ana le respondió: “Sí, Teresa, los llevo en esta bolsa”. Teresa, que llevaba muchas más bolsas que Ana, le preguntó: “¿Cómo lo haces? Yo me he llevado toda la mañana buscando regalos para toda la familia, y me ha resultado muy difícil, pues luego compararán entre ellos quién tiene la mejor joya, el mejor detalle, la mejor ropa, … ¡Uff, estoy agotada!” Ana, le dijo: “Yo he buscado un pequeño detalle para cada persona, algo especial que creo pueda gustarle, conociendo lo que conozco de cada una”. Teresa la miró asombrada y le preguntó: “¿y no se quejan por tener “solo” un pequeño detalle?” Ana, sonriendo, le dijo: “Nosotros podemos hablar, andar, comer de forma sana y saludable todos los días, tenemos calefacción, un techo bajo el que guarecernos, tenemos trabajo, amigos, y, sobre todo, nos tenemos los unos a los otros. Tenemos muchas cosas maravillosas. No necesitamos nada más. Estos “pequeños detalles” son porque me acuerdo de ellos en estas fiestas, no porque tenga que comprarles algo”.

Me quedé reflexionando sobre las dos formas tan diferentes de entendimiento de la vida que tenían estas dos mujeres: una, dándole importancia al consumo, el coste de las cosas, y la otra, con una forma de vida más sana y natural, dándole importancia al cariño que se pone en el regalo. No es usual encontrar personas que valoren esto último.

En estas fiestas de tanto consumo, muchas personas, comparándose con los demás, valoran y se valoran por el coche que tienen, la casa, la ropa, etc., es decir, todo lo que compran, la mayoría de usar y tirar, dejando de valorar lo que la Naturaleza les ha dado. No dan importancia a que pueden andar, hablar, ver, estudiar, trabajar, disfrutar con los amigos y con la familia. Si todos los días nos pusiéramos en contacto con eso, no podríamos quejarnos de nada ni necesitaríamos compararnos con nadie.

Puedes ser feliz cambiando tu punto de vista y valorando las cosas que menos cuestan y más valor tienen, como apreciar un gesto de cariño en un pequeño detalle.

¡Sigue tu estrella!

¿Es bueno compararse?

Pablo era un pastorcillo de doce años. Todos los días sacaba las seis ovejas de sus padres a pastar y, mientras lo hacían, él se distraía con todo lo que encontraba. Una tarde, se alejó bastante de ellas corriendo por el prado y, cuando volvió para buscarlas, se encontró con que un lobo había matado a tres de ellas. Al ver aquello, se sentó encima de una piedra y, mirando al suelo, empezó a llorar, diciéndose a sí mismo que había sido un mal hijo y sus padres le iban a castigar por no haber estado pendiente de las ovejas. Se sintió muy culpable, pues las ovejas eran una parte importante de la economía familiar y ahora serían mucho más pobres.  

Así pasó mucho tiempo, culpabilizándose de la desgracia que venía para él y su familia, hasta que se dio cuenta que no había luz a su alrededor ya que se había hecho de noche. Al mirar al cielo lleno de estrellas, descubrió a una que brillaba muy intensamente. Era preciosa, y parecía que se movía. Era la primera vez que veía algo así y, olvidándose de todo lo que había pasado, decidió andar en la misma dirección que la estrella, sintiéndose mejor, con fuerza y confianza en sí mismo con cada paso que daba. Al poco rato, vio que la estrella parecía pararse encima de una casa algo desvencijada, que se usaba como establo. Se acercó, y vio dentro a una familia pobre con un bebé muy pequeñito. Parecía que había nacido hacía poco. La mujer que tenía el bebé en brazos, que se llamaba María, le dijo sonriendo que se acercara sin miedo. Pablo entró y al poco tiempo, aparecieron tres hombres vestidos con trajes muy bonitos. Los tres se presentaron como Magos del lejano oriente. Dijeron que habían seguido la misma estrella que él había visto y, fascinados por ella, la siguieron hasta llegar allí.

Pablo, observando cómo aquellos Magos le daban muchos regalos a esa familia, se acordó de pronto de lo que había pasado a sus ovejas y, bajando la cabeza, se sintió desesperado de nuevo. Entonces, un Mago se dirigió a él y le preguntó qué le pasaba. Pablo le contó lo ocurrido con el lobo. Al oírle, el Mago le dijo: “Cuando estés triste, mira hacia arriba y déjate llevar por lo que te ilumina. Te dará confianza en ti mismo y fuerza para seguir el camino.” Pablo no entendía bien lo que el Mago decía. Pensó que se refería a la estrella que él mismo había seguido y le dijo que la estrella sólo le había llevado a un establo donde una familia pobre se había resguardado de la noche. El Mago entonces le dijo: “La fuerza y la confianza las encontrarás mirando hacia arriba y hacia adelante, no mirando al suelo”.

Los Magos se fueron y Pablo, aún confundido, se quedó dormido en las pajas, junto al bebé recién nacido. Cuando amaneció, Pablo despertó, encontrándose solo en el establo. Se levantó y, mirando al suelo, cabizbajo, emprendió el regreso a su casa, pensando en el disgusto que les iba a dar a sus padres. Entonces se acordó de las palabras del Mago y levantó la vista hacia arriba y hacia adelante. De repente aparecieron sus tres ovejas, rodeadas de una treintena más. Entonces entendió las palabras del Mago, y se prometió a sí mismo que, cuando tuviera problemas, en vez de mirar al suelo, miraría hacia arriba y adelante, para buscar la solución. Y, sintiéndose lleno de fuerza y confianza, emprendió el camino de vuelta a su casa, seguido de todas las ovejas, deseando contar a sus padres todo lo que había vivido.

¡Feliz Navidad!

Te acompaño.

acompanando

Todos tenemos amigos que nos cuentan sus problemas, sus preocupaciones, o lo que les ronda la cabeza en ese momento. Necesitan desahogarse, ser escuchados y escucharse a sí mismos, para poder ver un poco de claridad entre tanta penumbra. Buscan nuestro acompañamiento. Pero no todo el mundo sabe acompañar.

Cuando alguien viene a contarnos un problema que tiene, muchas veces nuestro primer impulso es señalarle el fallo que ha tenido, y juzgarle, sin escuchar toda la historia. Empezamos a adivinar qué ha pensado esa persona y cómo ha transcurrido todo, como si pudiéramos meternos en su cerebro y supiéramos exactamente cómo ha sucedido todo. Entonces, juzgamos sus acciones y le hacemos sentir peor de cómo se siente, para luego darle la solución a su problema, sintiéndonos contentos de haberle ayudado. ¿Pero realmente le hemos ayudado?

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que nosotros no podemos “entrar” en la mente de nadie, por lo que no podemos saber a ciencia cierta cómo se siente esa persona y porqué ha actuado así. Tampoco estábamos presentes cuando ha ocurrido el problema que nos están contando, con lo que no tenemos todos los detalles necesarios para tener una idea exacta de qué ha pasado. Y, sobre todo, ser conscientes de nuestra necesidad de ayudar a los que vienen a contarnos algo, y ser capaces de darnos cuenta de que ellos no siempre buscan que les solucionemos el problema. Muchas veces sólo quieren que les escuchemos, sin decir nada.

Por tanto, lo primero que hay que hacer es escuchar. Y si nos piden nuestra opinión o un consejo, debemos estar seguros de que nos han dicho todos los detalles necesarios para poder tener una idea bastante clara de la situación. Es importante que nos centremos en los hechos y no juzgar al otro, ya que, si no, le pondremos a la defensiva y ya no nos escuchará más, con lo que no podremos ayudarle. Es decir, es mejor decir: “como lo has hecho hasta ahora, no parece que te haya ayudado mucho” a decirle: “eres un desastre”.  Además, es importante reflexionar bien antes de hablar, ya que podemos darle una solución que nos vendría bien a nosotros, pero no siempre les puede venir bien a los demás.

Otro problema añadido es que, si acostumbramos a alguien a que le resolvamos todo, se hará dependiente de nosotros y no hará nada sin preguntarnos, con lo que nos cargaremos también con sus problemas. Además de que nos hará responsable de sus decisiones y de sus fracasos.

¿Entonces, qué podemos hacer? Lo mejor es acompañar, escuchar y ayudarle a reflexionar para que él encuentre sus propias soluciones y sea responsable de sus decisiones. ¿Y cómo se hace eso? Haciéndole preguntas que le ayuden a pensar o a ver el problema de otra manera y a sacar nuevas conclusiones.