¡Confía!

Confía

Carlos salió de la Biblioteca cuando ya estaba bien entrada la noche. Llevaba mucho tiempo preparándose para aprobar las oposiciones. Estaba contento con el tiempo que le había dedicado, pero aún había algo que le preocupaba bastante: una de las pruebas era la exposición oral de un tema ante un tribunal. Él dedicaba horas y horas a estudiar, pero no sabía qué hacer para quitarse ese miedo a ponerse delante de los profesores y decirles lo que había estudiado. Solo por eso, estuvo a punto de no prepararse las oposiciones, pero su familia le alentó mucho y le convencieron de que él podía hacerlo.

Pensaba en ello, parado ante un semáforo, y, al ponerse en verde para peatones, vio a su lado una anciana que dudaba si cruzar o no. Se acercó a ella y le preguntó: “¿Quiere que le ayude a cruzar?” La anciana, sonriendo, le dijo: “Muchas gracias muchacho. Mis ojos ya no ven mucho de noche y no me atrevo a cruzar sola. Todos van muy deprisa andando y no me atrevía a pedir ayuda a nadie”. Carlos la miró y, sonriendo, le dijo: “¡Pues vamos! Agárrese a mi brazo, que yo la ayudo”. Cuando llegaron a la otra acera, Carlos se paró, para despedirse de la anciana y ésta le dijo: “Muchas gracias. Por haberme ayudado, te regalo esta piedra. Aunque no lo parezca, es una piedra muy valiosa, te dará algo importante”. Dicho esto, puso en su mano una piedra. Carlos se quedó mirando la piedra, la cual era de lo más normalita, pensando cómo podía ser valiosa una piedra así. Al levantar la vista, para preguntarle eso mismo a la anciana, ésta ya se había ido. La buscó entre la gente, pero no la encontró. Era como si hubiera desaparecido. Entonces, se dijo: “Quizás esta piedra es mágica y la anciana también lo era. ¿Qué será eso tan importante que me va a dar?” Y se dirigió a su casa, pensando en ello.

Al día siguiente, Carlos estaba en su habitación preparándose la exposición oral e, instintivamente se tocó el bolsillo donde tenía guardada la piedra. En ese momento se sintió más calmado y empezó a recitar todo lo que durante tanto tiempo había estudiado, pero esta vez, sin miedo. Cuando terminó de exponer el tema, estaba muy contento y pensó: “¡Realmente es una piedra mágica! ¡He podido hablar sin miedo!” Estaba contentísimo, y, a partir de ese momento, siempre estudiaba y se preparaba en voz alta los temas con ella en el bolsillo. No volvió a tener miedo y estaba convencido que podría conseguir aprobar las oposiciones.

Cuando llegó el día del examen, le salió muy bien. Y al llegar a la exposición final del tema, salió estupendamente y aprobó. Al salir a la calle, abrazó a su madre y le dijo: “Mamá, lo he conseguido gracias a la piedra mágica. Me ha ayudado a quitarme el miedo y a estar tranquilo”. Su madre le preguntó a qué piedra se refería y, cuando Carlos fue a buscarla al bolsillo, no estaba. Se puso muy nervioso y la buscó por todos los bolsillos. Su madre entonces le dijo: “Si te refieres a una piedra marrón algo fea, la saqué ayer de tu bolsillo para que no te estropeara la ropa y la tiré”. Carlos se quedó confuso. El examen y la exposición le habían salido muy bien y no había tenido la piedra con él. En ese momento comprendió las palabras de la anciana, cuando le dijo que la piedra le daría algo importante: le había dado confianza en sí mismo. A partir de entonces, no necesitó ninguna piedra para creer en sí mismo y en lo que podía conseguir gracias a su esfuerzo.

La Sabiduría de la Edad

La Sabiduría de la Edad

Cuando tenemos pérdidas que asimilar, entramos en un proceso que se llama “Duelo”. Dicho proceso nos ayuda a elaborar esa pérdida, aceptarla y seguir adelante con nuestra vida, sin aquello que hemos perdido, o sin la persona que ya no está. Es decir, los duelos no tienen por qué estar relacionados con la muerte de una persona. El Duelo puede aparecer ante cambio o pérdida de estatus, de un coche, de un trabajo, de una casa, de una amistad, de una pareja,… Y también tiene que ver con uno/a mismo/a, por cambios en nuestro cuerpo o en nuestra mente, es decir, pérdida de salud, y/o pérdida de juventud.

Aunque parece que son los menos conocidos, los duelos por la pérdida de juventud cada vez son más comunes, ya que, gracias a la ciencia, el ser humano ha pasado de vivir hasta los 50 ó 60 años, para plantarse perfectamente en los 80 o incluso los 90 años de vida. Ahora, el “síndrome de los 40” no significa que “me queda poco tiempo de vida”, sino que “estoy en la mitad de mi vida” y todavía tengo muchos años para aprovechar y disfrutar. El problema viene cuando la mente no acompaña al cuerpo.

Cada año que pasa, el ser humano experimenta cambios en su mente y en su cuerpo. Y aunque mentalmente podemos sentirnos jóvenes, nuestro cuerpo sigue ganando años. Puede que un día te mires al espejo y veas a “un señor mayor” reflejado, preguntándote de dónde ha salido, si tú aún te sientes joven. Pero no es solo el reflejo del espejo, también puede que notes que ya no tienes el color ni la cantidad de pelo de tu juventud, ni la fuerza muscular que tenías antes, ni la elasticidad corporal que te ayudaba a moverte sin problema. Y todos estos cambios son un proceso natural que nos llega a todos los seres humanos.

Si no quieres tener un duelo difícil acerca de la pérdida de tu juventud, es conveniente que empieces por aceptar que es un proceso irremediable, y después, tienes que hacerte cargo de cómo quieres vivir tu vida, si quejándote de lo rápido que pasa el tiempo, o aprovechando ese tiempo activamente en cosas que te gustan y con las que disfrutas. Esta segunda opción, te ayudará a elaborar mucho mejor ese duelo por dejar atrás tu juventud y te permitirá vivir más intensamente y feliz.

Y, por último, recuerda que al cumplir años no eres más viejo, eres más sabio y tienes más experiencia para compartir.

¡Valórate!

Valórate

¿Eres de los que se vuelcan en los demás y no reparas en esfuerzos para agradar y ayudar, olvidándote de ti mismo? Quizás tú eres una de esas personas o quizás conozcas a alguna de ellas. Hay muchas personas que piensan que solo son felices cuando dan todo de sí mismas en beneficio de los demás. Son personas muy apreciadas por su generosidad, empatía y sensibilidad. ¿Pero realmente son felices “dándolo todo”? ¿Qué es lo que les mueve?

En realidad, nunca es gratuito todo lo que hacen, ya que estas personas lo que buscan es ser valoradas, consideradas, respetadas y aceptadas en su entorno, por tanto, no están mostrando lo que piensan y sienten. Buscan lo que ellas a sí mismas no se pueden dar, por tanto, harán lo que sea para recibir lo que necesitan. Son personas que se sienten mal, tristes, si nadie las valora, así que invierten mucho esfuerzo en hacer muchas cosas, buscando esa valoración que necesitan de los demás.

¿De dónde les viene esta actitud? Quizás, cuando eran pequeños, han tenido unos padres muy exigentes o no los valoraban lo suficiente, con lo que ellos tenían que esforzarse mucho para conseguir esa valoración que tanto necesitan los niños.

El problema de estas personas es que no se dan cuenta que están poniendo su propia valía en las manos de los demás, es decir, sólo se sentirán valiosos si los demás les reconocen. Y es muy difícil que constantemente alguien te valore, por lo que ponen en las manos de los demás su propia felicidad, con lo que también se exponen a que otros les manipulen y se aprovechen de ellos.

Es muy importante no basar la valía de uno mismo en que los demás la reconozcan, ni en lo que opinen los demás de uno mismo. Cada persona es importante y valiosa, simplemente por ser ella misma, por existir, sin tener que hacer nada para merecerlo. Es muy difícil caerle bien a todo el mundo (por no decir imposible), y, por tanto, no todo el mundo que conozcas te va a valorar y reconocer. Tú eres quien tiene que decidir cuánto vales, sin necesidad de que nadie te lo diga, ni esperar sus valoraciones.

Recuerda que tú eres valioso por ti mismo, sin importar lo que hagas, ni lo que piensen los demás.

¡Abre tu Mente!

Seguro que alguna vez te ha pasado que empiezas a hablar con algún amigo o familiar y acabáis discutiendo, porque tú ves las cosas de una forma y él o ella las ve de otra diferente. ¿Qué ha pasado? Parece que tú tienes las ideas muy claras de cómo es el tema del que estáis hablando, y seguramente te has empeñado en hacérselo ver a la otra persona. Quizás ni siquiera has querido escuchar lo que tenía que decir porque tus argumentos están muy claros para ti, y los demás simplemente están equivocados.

Vamos a hacer una cosa: coge un trozo de papel y un lápiz. Escribe un seis (6) bien grande en el trozo de papel. Ahora, siéntate enfrente de alguien y pon el papel en medio de los dos. Pregúntale a la otra persona qué número ve en el papel. Seguro que te dirá que ve un nueve (9), mientras que tú seguirás viendo un seis (6). ¿Quién tiene la razón? ¿Quién está equivocado? Se ve claro que ambos tenéis la razón. ¿Entonces, por qué tu respuesta y la de la otra persona son diferentes? Pues porque cada uno está viendo el papel desde un punto de vista diferente. Si tú te levantas y te sientas donde está la otra persona, podrás ver el 9. Y si la otra persona se levanta y se sienta donde estabas sentado tú, podrá ver el 6 que tú veías.

Muchas veces nos empeñamos en tener razón y en que los demás vean las cosas como nosotros las vemos, sin darnos cuenta de que solo aportamos nuestro punto de vista y no tenemos en cuenta que puede haber más puntos de vista sobre el mismo tema. Estos nuevos puntos de vista no son ni mejores ni peores, simplemente son distintos. Como hemos visto antes con el 6 y el 9, es importante escuchar lo que los demás piensan, porque nos pueden mostrar puntos de vista que no se nos habían ocurrido a nosotros antes. Esta nueva información nos enriquece, y puede que nos haga cambiar de opinión o no, pero nos ayuda a abrir nuestra mente.

Por último, algo muy importante: puedes cambiar de opinión y no pasa nada. Es una prueba de que estás creciendo y llenándote de sabiduría. Recuerda que una planta, si no crece y cambia continuamente, terminará secándose.

Así pues, aunque tengas las cosas claras, escucha a los demás y ten tu mente abierta, para poder entenderte a ti mismo/a y, desde ahí, entender a los demás.

¿Buena o Mala Suerte?

 

Carla y Sandra están cenando juntas en el piso de ésta última. Están celebrando que Sandra se ha independizado. Carla observa con entusiasmo el piso que ha alquilado Sandra y le dice: “¡Es fantástico Sandra! ¡Has tenido mucha suerte! Aunque tú siempre tienes muy buena suerte, todo te sale bien. No como yo, que tengo muy mala suerte y nunca consigo nada”.

Sandra sonrió a su amiga y le dijo: “No digas eso Carla. Tú no tienes mala suerte, simplemente no usas tus recursos y capacidades para conseguir lo que quieres”. Carla, poniendo cara de no entender, le replicó: “No es así Sandra. Yo sigo viviendo en casa de mis padres porque no encuentro piso para alquilar y tú ya lo has encontrado. Además, las dos hemos hecho la misma carrera y tú tienes un trabajo mejor que el mío. A ti siempre te van las cosas mejor que a mí. Dime si no es que tú tienes mucha suerte y yo no”. Sandra entonces le preguntó: “Carla, ¿qué estás haciendo para buscar piso de alquiler?” Carla le respondió: “He preguntado en dos inmobiliarias y les he pedido que me avisen cuando tengan alguno para visitar. Me han llamado dos veces. Uno no me gustó y el otro no me venía bien visitarlo ese día, y al día siguiente ya estaba cogido. ¿Ves cómo tengo mala suerte?”

Sandra, mirando a los ojos de su amiga, le dijo: “Carla, si esperas que la solución te venga de fuera, sin esforzarte tú, no vas a conseguir nada” Y antes de que Carla replicara, Sandra prosiguió: “Mira, el mundo está lleno de oportunidades, pero tienes que estar abierta a verlas y preparada para cogerlas. Te pongo mi ejemplo: Para conseguir este piso, yo he visitado muchas inmobiliarias, me he visto todas las webs de alquiler, he llamado a muchos pisos y he visitado muchos otros. Al final, gracias a mi esfuerzo, he encontrado el piso ideal para mí. Yo a esto no lo llamo buena suerte, lo llamo premio a mi esfuerzo. Y lo mismo hice con el trabajo. Tú te conformaste con lo primero que te salió. Yo seguí buscando, hasta que encontré el trabajo que más me gustaba y más adecuado a mis expectativas.”

Carla bajó los ojos y dijo: “Puede que tengas razón. Es cierto que no me he movido mucho buscando piso y me he conformado con el primer trabajo que encontré, sin buscar más…” Entonces Sandra le dijo: “Carla, tu buena suerte depende mucho de ti, de lo que hagas, del esfuerzo, constancia y tiempo que pongas en ello, y de poner tus capacidades y tus recursos centrados en tu objetivo. ¡En el momento que pongas todo esto a funcionar, tendrás muy buena suerte!

¡Vacaciones!

¡Ya
llegó el verano! Muchos están ya de vacaciones y otros están contando los
últimos días de trabajo para poder disfrutar del descanso merecido. Es
maravilloso poder disfrutar de varios días sin trabajar, pero ¿por qué a unos
se les pasan rápidamente las vacaciones y a otros no? Hay muchas cosas que
pueden influir. Vamos a ver algunas de ellas.

Puede
que tengas preparado todo al milímetro y al minuto: “voy a llegar a las 12,
luego tengo que ir a comer al restaurante x y tengo que estar a las cuatro en
la calle tal, para poder hacer todo lo que tengo que hacer esa tarde, porque si
no, se me acumula para el día siguiente, que ya está con una agenda super
apretada de cosas que tengo que hacer, excursiones, citas, compras, etc.” Estoy
segura de que, solo con leer este párrafo, ya te sientes cansado/a o
agobiado/a. Recuerda que las vacaciones son para descansar, no para cansarte
mucho más. Si no, tendrás que “tomarte vacaciones de las vacaciones”.

O
quizás tienes unas vacaciones tranquilas, sin sobresaltos ni carreras para
llegar a los sitios, pero ni te das cuenta de dónde estás porque tienes en
mente el último informe que hiciste, que todavía podía haber estado mejor, o ese
proyecto que estabas haciendo y que has tenido que dejar a la mitad para irte
de vacaciones, que seguro te van a estropear otros o van a quedarse con todas
tus ideas para quedar ellos bien ante tu jefe. O simplemente estás dándole
vueltas a esa discusión que has tenido con tu amigo/a, padre/madre, etc. y no
puedes pensar en otra cosa. Si no estás en el aquí y ahora, da igual que estés
de vacaciones o no, porque no te darás cuenta y se pasarán volando. No
descansarás ni lo pasarás bien.

Las
vacaciones son para estar con uno mismo, relajarse, tomar conciencia de dónde
estás y qué haces, descansar, para recargar pilas y disfrutar. Y para eso,
tienes que estar en el aquí y ahora. Y ¿cómo se hace? Poniendo los cinco
sentidos. Por ejemplo, si estás en la playa, observa tu alrededor, escucha el
ruido de las olas, el murmullo de la gente, siente el sol en tu piel, siente la
brisa, toca la arena, siente el frescor del agua cuando te estás bañando, huele
el mar, siente el agua salada en tus labios… Comprobarás que el tiempo no corre
tanto como antes y que disfrutas mucho más del descanso o de lo que estés
haciendo, con lo que vivirás más intensamente las vacaciones y no pasarán sin
que te des cuenta de ellas. ¡Empieza desde ya!

Masculina y Femenino

¿Has escuchado alguna vez la afirmación “los hombres no lloran”? ¿Y has podido observar cómo se mira con asombro, y a veces con rechazo, a una mujer fuerte y agresiva? En nuestra cultura hay estereotipos o roles que les son asignados a los hombres y a las mujeres. Y aunque estamos avanzando mucho en el siglo XXI, todavía hay que vencer muchas de las creencias que tenemos todos como sociedad.

Estas creencias, transmitidas de padres a hijos, y a través de la sociedad, nos dicen que los hombres deben ser fuertes, racionales, analíticos, competitivos, con iniciativa, decisión, autoridad, firmeza, y agresividad en algunos aspectos. Por tanto, a los hombres que muestran tristeza o lloran se les tacha de débiles y vulnerables, con lo que, muchos de ellos, tratarán de esconder estas emociones. Y estas mismas creencias nos dicen que las mujeres son sensibles, intuitivas, acogedoras, empáticas, volcadas en las necesidades de los demás, débiles y vulnerables. Por tanto, las mujeres que se muestran fuertes y autosuficientes, o se enfadan, les añaden adjetivos negativos, como que son egoístas, y se las rechaza, con lo que algunas de ellas se sentirán culpables por no haberse reprimido. Es más, si un hombre consigue éxito, se le felicita, se le llama líder, pero si es una mujer la que lo consigue, se sospecha de cómo lo ha conseguido y se le llama mandona y/o controladora.

Debemos darnos cuenta de que todos, hombres y mujeres, tenemos dentro de nosotros cualidades masculinas y femeninas, lo que algunas personas llaman “parte masculina” y “parte femenina”. Todos somos seres emocionales, y, por tanto, todos podemos ser fuertes, firmes, autosuficientes y asertivos, y a la vez, sentir tristeza ante las pérdidas, ser empáticos, sensibles, intuitivos y acogedores. Todo depende de la situación en la que estemos. Un ejemplo claro puede verse en los hombres que tienen profesiones sanitarias. En ellos se ve muy claro la “parte femenina” de acogimiento, cuidado, ternura, sensibilidad, y no se les tacha de vulnerables. Y también podemos verlo en las mujeres con profesiones jurídicas. Tienen muy desarrollada su “parte masculina” de autoridad, seguridad, fuerza y asertividad, sin que por eso dejen de lado sus cualidades de mujer. Es importante tener todo esto en mente en la educación de los niños de este siglo, para que todas esas creencias del pasado evolucionen hacia la realidad presente. Y también, tener claro que la rabia nos da energía para cambiar cosas o situaciones, y que la tristeza nos quita energía para poder entrar en nuestro interior y aceptar lo que no podemos cambiar. Estas dos emociones son propias del ser humano, sin distinción de género.

¿Es bueno compararse?

¿Es bueno compararse?

Hay muchas personas que sólo tienen una imagen de sí mismas cuando se comparan con otras. Y da la casualidad que, en esta comparación, ellas siempre quedan peor que las demás: ellas son más feas, más bajas, más altas, más gordas, más flacas, tienen más curvas, menos curvas, más músculos, menos músculos, menos inteligencia, menos habilidades, y un largo etcétera. Cuando se comparan, la otra persona tiene algo que ellas no tienen, y, por tanto, se ven peor o en inferioridad, ya que, por ejemplo, si la persona es muy baja, se fija en la belleza de ser alta; y si son muy altas, se fijan en la belleza de ser baja. Es decir, siempre vemos en los demás algo que no tenemos, y cuando se hace una comparación siempre sale alguien perdiendo y sufre.

¿De dónde viene esta forma de pensar? Cuando éramos pequeños/as, nuestros padres nos solían comparar con otros niños o niñas de nuestra edad, de la familia, del entorno o vecinos. Todos conocemos los comentarios: “Deberías sacar mejor notas, como tu hermana”, o “no entiendo porqué se te da mal el futbol cuando todos tus compañeros juegan bien”. Nuestros padres nos han comparado con otros y otras, quedando nosotros mal, a veces para reñirnos, y otras veces para alentarnos y hacernos competitivos. Pero el caso es que nos estaban enseñando que en la vida tenemos que competir y ser mejores que los demás en todo, cuando eso no es posible, ya que hay muchas variables a tener en cuenta antes de poder hacer una afirmación así.

Si queremos que la comparación no afecte en descalificaciones de uno u otro, tenemos que compararnos solo con nosotros mismos. ¿Y cómo se hace eso? Pues tenemos que compararnos nosotros antes y ahora, es decir, cómo éramos hace unos años y cómo somos ahora, cómo era nuestro camino, nuestras inquietudes, nuestra mentalidad, nuestros estudios, trabajo, amigos, experiencia y todo lo que hemos aprendido de todo eso, que nos ha traído a nuestro yo de ahora. Así sí saldremos beneficiados.

Y si en algo estamos peor, es una buena forma de ver qué tenemos que cambiar, dónde tenemos que centrarnos para mejorar, para que, en el futuro, cuando nos comparemos con nuestro yo de ahora, sigamos saliendo beneficiados.

Recuerda: La comparación sana es la de compararnos nosotros en el presente con nosotros mismos en el pasado.

¡Di lo que piensas!

¡Di lo que piensas!

Una tarde cualquiera, tomando café, una pareja joven que se está conociendo, Mario y Rosa, estaban hablando de hacer algo diferente el fin de semana. Rosa, entusiasmada, propuso a Mario hacer senderismo. Mario, sin pensarlo mucho, dijo que sí. Rosa, mirándole, preguntó: “De verdad te gustaría ir de senderismo?” Mario le dijo: “Me parece bien”. Rosa entonces dijo: “No te pregunto si te parece bien, te pregunto si te gustaría”. Mario, sorprendido por las palabras de Rosa, le preguntó qué quería decir. Entonces ella le dijo: “Verás, es que te oigo decir que sí, pero tu cara parece decir que no te gusta este plan”.

Mario abrió los ojos sorprendido y pidió disculpas corriendo a Rosa. Le dijo que sí que quería ir, que quería quedar con ella ese fin de semana y que por favor contara con él. Entonces Rosa, sonriendo, le preguntó: “Mario, ¿has ido alguna vez a hacer senderismo?” Él respondió: “sí, fui una vez hace mucho tiempo”. Rosa entonces le preguntó: “¿Y te gustó?” Mario, dudando si hablar o no, al final bajó los ojos y dijo que no. Rosa entonces le dijo: “Si no te gusta, ¿por qué me has dicho que sí quieres ir?” Él le respondió: “Es que te hace mucha ilusión y yo quiero quedar este fin de semana contigo. Pensé que, si te decía que no, te irías sin mí”.

Rosa le sonrió y dijo: “Mario, es verdad que me gusta el senderismo, pero también me gusta hacer otras cosas. ¿Qué te gustaría hacer a ti?” Mario, sabía lo que le gustaría hacer, pero no se atrevía a decirlo, por si a Rosa no le gustaba el plan. Al final, se armó de valor y le dijo: “Me gustaría ver la película que estrenan este fin de semana y cenar en un italiano, pero como dijiste de hacer algo diferente, no me atreví a decírtelo.” Rosa le miró y dijo: “Mario, tu opinión para mí es importante. Si no dices lo que piensas, no lo pasaremos bien los dos, que es de lo que se trata. No quiero que pienses que te voy a rechazar porque digas lo que te gusta y lo que no. Precisamente, al decirlo, te voy conociendo mejor y así podemos crear planes al gusto de los dos.”

Mario, entonces, le dijo: “Tienes razón, si no hablo, no sabes lo que pienso. Entiendo que es difícil estar con alguien que no se deja conocer, pero me importaba más que tú me rechazaras. Y me acabo de dar cuenta que yo no te rechazaría a ti si pensaras diferente a mí. A partir de ahora voy a procurar decirte lo que pienso y siento, y así nos conoceremos mejor”.

Trabaja y disfruta

disfrutatrabaja

Carlos y Javier están tomando algo en un bar, tras haber salido de la oficina. Carlos no para de quejarse que la crisis no se va a ir nunca y que por eso van a vivir peor que sus padres. Luego añade que todo está muy caro y que no suben los sueldos. Javier le escucha y sonríe. No es la primera vez que Carlos habla de este tema. Carlos, al verle sonreír, le dice: “No sé porqué sonríes. Tú estás en mi misma situación, los dos tenemos el mismo trabajo y los dos vivimos con nuestros padres porque no podemos independizarnos con nuestro sueldo. No veo motivos para sonreír ante lo que te digo”.

Javier entonces respondió: “No te enfades conmigo. Sonrío porque siempre te estás quejando con relación al dinero. Parece que no te das cuenta de que tienes una nómina a final de mes y que el hecho de vivir con tus padres te da más autonomía económica”. Carlos, algo molesto, le respondió: “Pero yo quiero independizarme. Por eso estoy ahorrando muchísimo. Además, tengo un plan de pensiones. Tengo que mirar por mi futuro”.

Javier, ya sin sonreír, le dijo: “No quiero decir que esté mal ahorrar, ya que tienes una meta y unos gastos fijos. Pero fíjate que, si no usas tu dinero, si no lo mueves, no ayudas a que los demás salgan de la crisis. El dinero se mueve de unas personas a otras, comprando y vendiendo, y así todos podemos vivir. Si ahorras sin parar para un futuro que no sabes si va a llegar, vas a tener un presente triste y aburrido. ¿Recuerdas cuando el verano pasado te dije de venir conmigo a un viaje estupendo? Me dijiste que no tenías dinero y que ya viajarías cuando fueras más mayor. No sé lo que te deparará el futuro ni si tendrás salud y fuerza para viajar entonces. Lo que sí sé es que ahora estás sano, tienes trabajo y juventud. Puedes organizarte, como yo lo hago, y en vez de ahorrar tanto, disfrutar más de tu vida y tu presente. Eso te ayudará a llegar con salud, energía y felicidad a tu futuro”.

Carlos se quedó callado. Tenía mucho en que pensar. Javier, viéndole tan reflexivo, le dijo: “Hay un dicho en mi tierra que dice: Con el dinero que ganes, has de hacer tres partes: una para vivir, una para guardar y otra para disfrutar. Piensa tranquilamente en todo lo que te he dicho. Tienes mucha vida por delante, pero vive en el presente y disfrútalo. Y cuando llegue el futuro, ya lo afrontarás.”