Trabaja y disfruta

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Carlos y Javier están tomando algo en un bar, tras haber salido de la oficina. Carlos no para de quejarse que la crisis no se va a ir nunca y que por eso van a vivir peor que sus padres. Luego añade que todo está muy caro y que no suben los sueldos. Javier le escucha y sonríe. No es la primera vez que Carlos habla de este tema. Carlos, al verle sonreír, le dice: “No sé porqué sonríes. Tú estás en mi misma situación, los dos tenemos el mismo trabajo y los dos vivimos con nuestros padres porque no podemos independizarnos con nuestro sueldo. No veo motivos para sonreír ante lo que te digo”.

Javier entonces respondió: “No te enfades conmigo. Sonrío porque siempre te estás quejando con relación al dinero. Parece que no te das cuenta de que tienes una nómina a final de mes y que el hecho de vivir con tus padres te da más autonomía económica”. Carlos, algo molesto, le respondió: “Pero yo quiero independizarme. Por eso estoy ahorrando muchísimo. Además, tengo un plan de pensiones. Tengo que mirar por mi futuro”.

Javier, ya sin sonreír, le dijo: “No quiero decir que esté mal ahorrar, ya que tienes una meta y unos gastos fijos. Pero fíjate que, si no usas tu dinero, si no lo mueves, no ayudas a que los demás salgan de la crisis. El dinero se mueve de unas personas a otras, comprando y vendiendo, y así todos podemos vivir. Si ahorras sin parar para un futuro que no sabes si va a llegar, vas a tener un presente triste y aburrido. ¿Recuerdas cuando el verano pasado te dije de venir conmigo a un viaje estupendo? Me dijiste que no tenías dinero y que ya viajarías cuando fueras más mayor. No sé lo que te deparará el futuro ni si tendrás salud y fuerza para viajar entonces. Lo que sí sé es que ahora estás sano, tienes trabajo y juventud. Puedes organizarte, como yo lo hago, y en vez de ahorrar tanto, disfrutar más de tu vida y tu presente. Eso te ayudará a llegar con salud, energía y felicidad a tu futuro”.

Carlos se quedó callado. Tenía mucho en que pensar. Javier, viéndole tan reflexivo, le dijo: “Hay un dicho en mi tierra que dice: Con el dinero que ganes, has de hacer tres partes: una para vivir, una para guardar y otra para disfrutar. Piensa tranquilamente en todo lo que te he dicho. Tienes mucha vida por delante, pero vive en el presente y disfrútalo. Y cuando llegue el futuro, ya lo afrontarás.”

Buenos propósitos.

carta

Hola, te escribo esta carta para que la leas lo antes posible. Soy tu yo del futuro, bueno, no tan futuro. Soy tu yo de las navidades de 2018. Te escribo para decirte que este año tenemos que hacerlo mejor. ¿Recuerdas cuando pensamos que íbamos a hacer muchas cosas en 2018? Queríamos empezar a ir al gimnasio, para estar a gusto con nosotros mismos. También queríamos apuntarnos a clases de baile, para poder presumir en todas las bodas y en la fiesta de Nochevieja. Decidimos buscar una academia de inglés para mejorar nuestro nivel y así poder cambiar de trabajo. Íbamos a actualizar nuestro Currículum Vitae y lo íbamos a mandar a todas las webs de empleo. Queríamos ir en verano a un país fantástico donde disfrutar del sol y hacer turismo. Y paro de contarte pues la lista era muuuuy larga…

Te escribo desde el 29 de diciembre de 2018 y te confirmo que este año no hemos hecho nada de lo que habíamos planeado. ¿Quieres saber qué ha ocurrido? Pues nos ha pasado como siempre que empieza un año, que tenemos muchos proyectos, ilusiones, ganas de hacer muchas cosas y no medimos nuestras posibilidades de poder hacer todo lo que nos proponemos. Cuando tienes tantas cosas para hacer, puedes agobiarte y no saber por dónde empezar, te cuesta organizar todo, priorizar y puedes acabar dejando todo para después (como así has hecho este año). Está bien que tengas muchas ideas y propósitos para llevar a cabo, pero te aconsejo que, esta vez, nos lo planteemos de la siguiente forma:

– Empieza poniendo todos los propósitos por escrito. Así tendrás una primera visión de lo que quieres hacer y verás sin son muchos. Céntrate en unos pocos en vez de en todos. Empezar por dos o tres propósitos fáciles y asequibles a corto plazo te puede motivar a seguir adelante, en vez de agobiarte con querer empezar a la vez con 10 de la lista.

– Es importante que analices cada propósito para ver si de verdad quieres hacerlo y si está dentro de tus posibilidades. No es lo mismo decidir empezar a ir a un gimnasio que decidir hacer una maratón sin haber corrido nunca.

– Organízate. Hazte un esquema de lo que necesitas hacer para conseguir cada propósito y prográmate qué harás y cuándo. Esto te puede ayudar a ver que quizás has decidido hacer más cosas de las que caben en tu horario. Elije entonces algunos propósitos y deja el resto para otros años. Te ayudará a centrarte más y canalizar mejor tu energía.

Y si no consigues alguno de ellos, analiza qué ha pasado, aprende y vuelve a intentarlo en otro momento. ¡Seguro que esta vez sí lo conseguimos!

Un pequeño detalle.

Estaba yo sentada en la cafetería de unos grandes almacenes, cuando escuché a mi lado una conversación muy interesante entre dos mujeres. Una de ellas, al ver que la otra solo llevaba una bolsa, le preguntó: “Ana, ¿ya has hecho la compra de los regalos de Reyes?”. Ana le respondió: “Sí, Teresa, los llevo en esta bolsa”. Teresa, que llevaba muchas más bolsas que Ana, le preguntó: “¿Cómo lo haces? Yo me he llevado toda la mañana buscando regalos para toda la familia, y me ha resultado muy difícil, pues luego compararán entre ellos quién tiene la mejor joya, el mejor detalle, la mejor ropa, … ¡Uff, estoy agotada!” Ana, le dijo: “Yo he buscado un pequeño detalle para cada persona, algo especial que creo pueda gustarle, conociendo lo que conozco de cada una”. Teresa la miró asombrada y le preguntó: “¿y no se quejan por tener “solo” un pequeño detalle?” Ana, sonriendo, le dijo: “Nosotros podemos hablar, andar, comer de forma sana y saludable todos los días, tenemos calefacción, un techo bajo el que guarecernos, tenemos trabajo, amigos, y, sobre todo, nos tenemos los unos a los otros. Tenemos muchas cosas maravillosas. No necesitamos nada más. Estos “pequeños detalles” son porque me acuerdo de ellos en estas fiestas, no porque tenga que comprarles algo”.

Me quedé reflexionando sobre las dos formas tan diferentes de entendimiento de la vida que tenían estas dos mujeres: una, dándole importancia al consumo, el coste de las cosas, y la otra, con una forma de vida más sana y natural, dándole importancia al cariño que se pone en el regalo. No es usual encontrar personas que valoren esto último.

En estas fiestas de tanto consumo, muchas personas, comparándose con los demás, valoran y se valoran por el coche que tienen, la casa, la ropa, etc., es decir, todo lo que compran, la mayoría de usar y tirar, dejando de valorar lo que la Naturaleza les ha dado. No dan importancia a que pueden andar, hablar, ver, estudiar, trabajar, disfrutar con los amigos y con la familia. Si todos los días nos pusiéramos en contacto con eso, no podríamos quejarnos de nada ni necesitaríamos compararnos con nadie.

Puedes ser feliz cambiando tu punto de vista y valorando las cosas que menos cuestan y más valor tienen, como apreciar un gesto de cariño en un pequeño detalle.

¡Sigue tu estrella!

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Pablo era un pastorcillo de doce años. Todos los días sacaba las seis ovejas de sus padres a pastar y, mientras lo hacían, él se distraía con todo lo que encontraba. Una tarde, se alejó bastante de ellas corriendo por el prado y, cuando volvió para buscarlas, se encontró con que un lobo había matado a tres de ellas. Al ver aquello, se sentó encima de una piedra y, mirando al suelo, empezó a llorar, diciéndose a sí mismo que había sido un mal hijo y sus padres le iban a castigar por no haber estado pendiente de las ovejas. Se sintió muy culpable, pues las ovejas eran una parte importante de la economía familiar y ahora serían mucho más pobres.  

Así pasó mucho tiempo, culpabilizándose de la desgracia que venía para él y su familia, hasta que se dio cuenta que no había luz a su alrededor ya que se había hecho de noche. Al mirar al cielo lleno de estrellas, descubrió a una que brillaba muy intensamente. Era preciosa, y parecía que se movía. Era la primera vez que veía algo así y, olvidándose de todo lo que había pasado, decidió andar en la misma dirección que la estrella, sintiéndose mejor, con fuerza y confianza en sí mismo con cada paso que daba. Al poco rato, vio que la estrella parecía pararse encima de una casa algo desvencijada, que se usaba como establo. Se acercó, y vio dentro a una familia pobre con un bebé muy pequeñito. Parecía que había nacido hacía poco. La mujer que tenía el bebé en brazos, que se llamaba María, le dijo sonriendo que se acercara sin miedo. Pablo entró y al poco tiempo, aparecieron tres hombres vestidos con trajes muy bonitos. Los tres se presentaron como Magos del lejano oriente. Dijeron que habían seguido la misma estrella que él había visto y, fascinados por ella, la siguieron hasta llegar allí.

Pablo, observando cómo aquellos Magos le daban muchos regalos a esa familia, se acordó de pronto de lo que había pasado a sus ovejas y, bajando la cabeza, se sintió desesperado de nuevo. Entonces, un Mago se dirigió a él y le preguntó qué le pasaba. Pablo le contó lo ocurrido con el lobo. Al oírle, el Mago le dijo: “Cuando estés triste, mira hacia arriba y déjate llevar por lo que te ilumina. Te dará confianza en ti mismo y fuerza para seguir el camino.” Pablo no entendía bien lo que el Mago decía. Pensó que se refería a la estrella que él mismo había seguido y le dijo que la estrella sólo le había llevado a un establo donde una familia pobre se había resguardado de la noche. El Mago entonces le dijo: “La fuerza y la confianza las encontrarás mirando hacia arriba y hacia adelante, no mirando al suelo”.

Los Magos se fueron y Pablo, aún confundido, se quedó dormido en las pajas, junto al bebé recién nacido. Cuando amaneció, Pablo despertó, encontrándose solo en el establo. Se levantó y, mirando al suelo, cabizbajo, emprendió el regreso a su casa, pensando en el disgusto que les iba a dar a sus padres. Entonces se acordó de las palabras del Mago y levantó la vista hacia arriba y hacia adelante. De repente aparecieron sus tres ovejas, rodeadas de una treintena más. Entonces entendió las palabras del Mago, y se prometió a sí mismo que, cuando tuviera problemas, en vez de mirar al suelo, miraría hacia arriba y adelante, para buscar la solución. Y, sintiéndose lleno de fuerza y confianza, emprendió el camino de vuelta a su casa, seguido de todas las ovejas, deseando contar a sus padres todo lo que había vivido.

¡Feliz Navidad!

Te acompaño.

acompanando

Todos tenemos amigos que nos cuentan sus problemas, sus preocupaciones, o lo que les ronda la cabeza en ese momento. Necesitan desahogarse, ser escuchados y escucharse a sí mismos, para poder ver un poco de claridad entre tanta penumbra. Buscan nuestro acompañamiento. Pero no todo el mundo sabe acompañar.

Cuando alguien viene a contarnos un problema que tiene, muchas veces nuestro primer impulso es señalarle el fallo que ha tenido, y juzgarle, sin escuchar toda la historia. Empezamos a adivinar qué ha pensado esa persona y cómo ha transcurrido todo, como si pudiéramos meternos en su cerebro y supiéramos exactamente cómo ha sucedido todo. Entonces, juzgamos sus acciones y le hacemos sentir peor de cómo se siente, para luego darle la solución a su problema, sintiéndonos contentos de haberle ayudado. ¿Pero realmente le hemos ayudado?

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que nosotros no podemos “entrar” en la mente de nadie, por lo que no podemos saber a ciencia cierta cómo se siente esa persona y porqué ha actuado así. Tampoco estábamos presentes cuando ha ocurrido el problema que nos están contando, con lo que no tenemos todos los detalles necesarios para tener una idea exacta de qué ha pasado. Y, sobre todo, ser conscientes de nuestra necesidad de ayudar a los que vienen a contarnos algo, y ser capaces de darnos cuenta de que ellos no siempre buscan que les solucionemos el problema. Muchas veces sólo quieren que les escuchemos, sin decir nada.

Por tanto, lo primero que hay que hacer es escuchar. Y si nos piden nuestra opinión o un consejo, debemos estar seguros de que nos han dicho todos los detalles necesarios para poder tener una idea bastante clara de la situación. Es importante que nos centremos en los hechos y no juzgar al otro, ya que, si no, le pondremos a la defensiva y ya no nos escuchará más, con lo que no podremos ayudarle. Es decir, es mejor decir: “como lo has hecho hasta ahora, no parece que te haya ayudado mucho” a decirle: “eres un desastre”.  Además, es importante reflexionar bien antes de hablar, ya que podemos darle una solución que nos vendría bien a nosotros, pero no siempre les puede venir bien a los demás.

Otro problema añadido es que, si acostumbramos a alguien a que le resolvamos todo, se hará dependiente de nosotros y no hará nada sin preguntarnos, con lo que nos cargaremos también con sus problemas. Además de que nos hará responsable de sus decisiones y de sus fracasos.

¿Entonces, qué podemos hacer? Lo mejor es acompañar, escuchar y ayudarle a reflexionar para que él encuentre sus propias soluciones y sea responsable de sus decisiones. ¿Y cómo se hace eso? Haciéndole preguntas que le ayuden a pensar o a ver el problema de otra manera y a sacar nuevas conclusiones.

¡Disfruta de tu presente!

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Carla y Lucía, amigas desde hacía mucho tiempo, estaban charlando mientras comían en un restaurante. Lucía no paraba de hablar. Primero le contó a Carla que la noche anterior había discutido con su madre, y no sabía cómo hacer cuando llegara del trabajo, ya que tendría que enfrenarse a ella de nuevo. Preparaba todas las posibles conversaciones que podría tener, para estar preparada para las respuestas. Y cuando dejó ese tema, empezó a darle vueltas a un problema que tenía en la oficina, el cual no había podido solucionar porque había tenido a su madre en el pensamiento toda la mañana. Lucía seguía comiendo y hablando hasta que llegó el camarero para preguntarles qué querían de postre. Lucía se quedó parada, mirando su plato, sorprendida. Las dos pidieron tarta de chocolate y Lucía le dijo a Carla que no se había dado cuenta de lo que había comido, con todo lo que tenía en la cabeza.  

Carla entonces le preguntó: “¿Recuerdas nuestras vacaciones de este verano? Estuviste tres meses antes hablándome del tour que íbamos a hacer por Italia, los sitios que íbamos a ir y las cosas que íbamos a hacer. Tenías mucha ilusión en ese viaje. Pero cuando volvimos, me dijiste que no lo habías disfrutado como creías”. Lucía le contestó: “Sí, no sé qué pasó”. Carla le dijo: “No sé si te has fijado, pero tienes tendencia a vivir en el futuro en vez del presente”. Lucía puso cara de no entender y Carla continuó: “Sé que tenías muy preparado el viaje a Italia porque para ti era especial, pero una vez allí, no disfrutaste de él. Recuerdo que, mientras estábamos visitando Roma, tú estabas preparando la visita de Florencia; y, cuando llegamos a Florencia, estabas repasando los detalles de la visita a Venecia; y así con todo lo que habías planeado visitar. Siempre ibas “dos pasos por delante” de lo que estábamos viviendo. No puedes disfrutar de lo que estás haciendo en el presente si estás en el futuro. Ahora te ha pasado lo mismo. No has disfrutado de tu comida, que, por cierto, es tu plato favorito, porque estabas preparando la conversación que vas a tener con tu madre esta noche”.

Lucía se quedó pensativa unos instantes y luego dijo: “Tienes razón. Siempre me distraigo con lo que tengo que hacer, en vez de fijarme en lo que tengo entre manos…” Carla añadió: “Recuerda, solo se puede ser feliz en el presente, y en la medida en que te centres en él, verás las cosas de forma diferente. Si esta mañana hubieras tenido tu mente en el trabajo que estabas haciendo, habrías solucionado el problema que me has contado, y habrías podido disfrutar de tu comida favorita”.

En ese momento, llegó el camarero con los dos trozos de tarta de chocolate. Entonces Lucía, sonriendo, dijo: “Carla, muchas gracias por hacerme ver que vivir mi presente es muy importante para mi felicidad. Y voy a empezar ahora mismo, disfrutando de esta tarta sin pensar en nada más”.

 

¡Usa tus propias gafas!

usa tus propias gafas

Laura se sentó en un banco del parque. Tenía en una mano la inscripción en el Grado de Económicas y en la otra, la inscripción en el Grado de Magisterio. En silencio miraba alternativamente a una y a otra, sin saber qué hacer. Seguía ensimismada cuando alguien le preguntó si podía sentarse en ese banco. Levantó la vista y vio a una anciana de unos 70 años, con gafas, que parecía agradable. Le dijo que sí y volvió la mirada a los papeles que tenía en las manos.

La mujer, al verla así, le dijo: “Pareces preocupada.” Laura la miró y por un momento dudó si hablar o no, pero llevaba un rato bloqueada y quizás el hablarlo le ayudaría a tomar una decisión. Así pues, le dijo: “Voy a matricularme en la Universidad, pero no tengo claro qué Grado escoger.” La anciana vio los papeles de las manos de Laura y preguntó: “¿Esas son las inscripciones? ¿Qué Grados son?” Laura contestó: “Económicas y Magisterio. Llevo un rato mirando las dos y no me decido”. Ante la cara de interrogante de la anciana, Laura siguió hablando: “Toda mi vida he escuchado a mis padres decirme que yo dirigiría una gran empresa cuando me graduara en Económicas. Se me daban bien las cuentas y ellos siempre me han hablado de las muchas e importantes salidas laborales que tiene el Grado de Económicas, que iba a ganar mucho dinero, que sería muy feliz. También yo lo he creído así todo el tiempo.” La anciana entonces le preguntó: “Y entonces, ¿cuál es el problema?” Laura contestó: “Me gustan mucho los niños y me gusta enseñar. Últimamente siento el deseo de ser profesora de Primaria, pero no les he dicho nada a mis padres pues están muy ilusionados en que empiece el Grado de Económicas”.

La anciana se quedó pensando un instante, y luego dijo: “Parece que te estás quitando las gafas”. Laura la miró sin entender y entonces la anciana se quitó sus gafas, se las ofreció a Laura y le dijo: “Póntelas y dime cómo ves a través de ellas”. Laura, aun sabiendo que no vería bien, se las puso. Efectivamente, veía borroso, y se las devolvió diciendo: “No puedo ver bien con ellas. Están graduadas para usted, no para mí.” Entonces la anciana dijo: “Cuando nacemos, nuestra familia nos pone las mismas gafas que usan ellos. Desde su visión, entendemos los valores éticos, lo que es importante, lo que debemos querer y lo que no. Luego crecemos y seguimos llevando unas gafas que tienen 50 años. Tú has podido comprobar que no ves bien con las gafas de otra persona. Es importante saber qué queremos nosotros y quitarnos las gafas de los demás, para usar unas especialmente graduadas para nosotros. Al quitarte esas gafas, al principio puede que tu vista esté desenfocada, porque te has acostumbrado a las otras gafas. Pero poco a poco verás todo mucho mejor porque son gafas adaptadas a lo que quieres y no quieres tú, no los demás.

Laura se quedó pensando en las palabras de la anciana. Decidió que usaría sus propias gafas y se matricularía en Magisterio, que era lo que más deseaba. Ahora lo tenía claro y sonrió ampliamente. Cuando se volvió para darle las gracias a la anciana, se dio cuenta que el banco estaba vacío a su lado. No notó que la anciana se había ido. Le dio las gracias mentalmente y se levantó del banco decidida a llevar a partir de ahora sus propias gafas, para ver el mundo de la forma que ella quería.

¡Te lo mereces!

te lo mereces

Hay personas que les cuesta aceptar que les digan algo bonito, un halago o una opinión positiva sobre ellas mismas. Puede ser que sea porque no las crean sinceras, o no crean que sea verdad. Pero siempre coincide con que estas personas nunca se dicen a sí mismas algo agradable. Simplemente no se creen merecedoras de esas palabras. Por tanto, cuando alguien les dice algo bonito, tienden a no escuchar, o a decir que no es verdad, o que el mérito es de otra persona y no de ellas, como, por ejemplo, cuando les dicen lo guapas que son y ellas dicen: “es que he ido a la peluquería” o “es que estoy estrenando ropa”. Es como si nunca aceptaran esas palabras positivas. Y también suele pasar que este tipo de personas sí aceptan los juicios en su contra, las opiniones negativas, y hasta incluso las faltas de respeto. Son personas que tienen baja autoestima y no creen que lo positivo tenga que ver con ellas.

Si te ves reflejado/a en este tipo de personas, tienes por delante un trabajo importante que hacer para elevar tu autoestima y el respeto hacia ti mismo/a, para que los demás también te respeten. Además, es interesante que pudieras comprobar cómo te sientes cuando eres tú quien dice algo positivo a alguien y esa persona no te lo acepta. Seguro que te das cuenta que te sientes mal, como si tus palabras no tuvieran valor, ya que, cuando se dice algo positivo a alguien, no solo estás dando el refuerzo de las palabras, también estás dándole parte de la alegría que sientes al compartir ese pensamiento sobre él o ella. Seguro que te das cuenta de que, cuando sí reciben tus palabras, tu alegría aumenta con la alegría de la persona que las recibe.

¿Y qué puedes hacer?  Andrew Leeds explica cómo, con tres pasos sencillos, puedes empezar a afrontar esos halagos que te cuesta aceptar. Los pasos son los siguientes: Cuando alguien te diga un cumplido, primero tienes que mantener el contacto visual en todo momento; luego, respira profundamente, para dar espacio en tu pecho a los sentimientos positivos, y, por último, da las gracias por esas palabras que te han dicho. Puede que al principio te cueste mantener la mirada o no te salga el agradecer el cumplido, tirándolo como sueles hacer. No te preocupes. Sigue practicando y poco a poco irás viendo que algo está cambiando. Y estos resultados te ayudarán y motivarán a seguir trabajando con tu autoestima y crecimiento personal, para poder sentirte estupendamente.

Ya sabes: cuando te digan un cumplido, acéptalo porque ¡te lo mereces! Y aún más, ¿estás dispuesto/a a decirte algo bonito a ti mismo/a todos los días?

 

Pequeños detalles

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Muchas parejas empiezan su relación con mucha ilusión, ganas y esperanzas de seguir juntos mucho tiempo. Se buscan a cada momento, comparten tiempo, hobbies, viajes, y, si todo va bien, empiezan a convivir.

Luego, con el paso del tiempo, las dos personas empiezan a acomodarse y a dejar atrás ese ímpetu inicial que les movía a hacer cosas para el otro. Si la cosa sigue así, entrarán en la rutina y en el hastío. Entonces la pareja se romperá o serán “compañeros de piso”.

¿Qué ha pasado? Si no ha habido problemas importantes que impidan la convivencia y destruyan la pareja, puede ser que, simplemente, no hayan “alimentado” la relación. Algunos dirán “no he hecho nada” para llegar a esta situación, y esa es la cuestión, que tampoco han hecho nada para mantener la ilusión.

Una canción de Ana Torroja dice que “el amor son tres flores que se riegan a diario”.  Y es así, el amor hay que “regarlo” a diario. Pero además de lo obvio, (es decir, amor, sexo, comunicación, confianza, apoyo, respeto, etc.), hay pequeños detalles que se olvidan fácilmente y que son muy importantes a la hora de seguir manteniendo viva la relación. Estoy hablando de los “buenos días” por la mañana, las “buenas noches” al iros a dormir, el pedir las cosas por favor, y dar las gracias después de que te hayan dado lo que has pedido, todo, con una sonrisa y un beso, además de pedir disculpas cuando te has equivocado y has podido hacer daño al otro. Parece algo simple, sin importancia, pero no es así. Muchas parejas han dejado de saludarse los días, decir por favor y gracias porque creen que, habiendo ya suficiente confianza, no hace falta. Sin embargo, esas mismas personas piden todo por favor y dan las gracias a toda persona con la que se relacionan ya sea en el trabajo, en los restaurantes, en las tiendas, y lo ven como algo normal. El problema es que también ven “normal” el que tu pareja haga la comida, la compra, arregle la casa, o incluso te pase el pan o la sal en la mesa si estáis comiendo. Y como es “normal”, no ven la necesidad de agradecer todo lo anterior. Recuerda que nadie tiene la obligación de hacer nada por nadie, y si tu pareja hace algo por ti o que repercute en los dos, sería fantástico que se lo agradecieras, ya que forma parte del “alimento” diario de vuestra relación.

Recuerda, si quieres “regar” tu relación todos los días, empieza con los pequeños detalles.

 

“¡Sé tú mismo!

Ahora que hace buen tiempo, apetece salir con amigos a charlar, tomar algo, bailar, o lo que surja. Es estupendo tener amigos/as con los que hablar y poder contar con ellos para lo bueno y lo no tan bueno.

Sin embargo, hay personas que, cuando están con sus amigos, se comportan de una manera que no corresponde a como son en realidad. Son personas que no se valoran a sí mismas y, por tanto, no creen que sean lo suficientemente buenas o interesantes para mostrarse con los demás tal como son realmente. Entonces se comportan como si llevaran una máscara e interpretaran un personaje, diciendo y haciendo lo que intuyen que los demás esperan que ellos digan o hagan. Quieren gustarle a todo el mundo. Pero realmente son infelices y sienten vacío en su interior.

¿De dónde les puede venir esto? Cuando han sido pequeños, han aprendido por educación familiar o en el colegio a tener un yo social diferente al yo auténtico. ¿Cómo se formó el yo social? De pequeños, al ser ellos mismos, lo que querían era jugar y no seguir reglas. Pero para evitar regañinas y castigos, se adecuaron a lo que les pedían los mayores, para ser queridos. Luego crecieron y siguieron actuando igual. Tienen miedo a ser ellos mismos, por si son rechazados. Entonces, para ser aceptados y queridos, se callan lo que ellos quieren, y hacen lo que ellos piensan que los demás esperan de ellos.

Si a ti te pasa algo parecido, debes saber que no es necesario complacer ni agradar a todos, además de que es imposible caer bien a todo el mundo. Lo realmente importante es lo que de verdad eres, no lo que aparentes ser. Ten en cuenta que no podrás tener amigos de verdad mientras no te conozcan tal como eres. En la medida en que conectes contigo mismo, irás conociéndote, averiguando lo que te gusta o no, lo que quieres o no hacer, y actuarás en consecuencia. Y podrás comprobar que los verdaderos amigos te aceptarán tal como realmente eres.

¡Adelante! Muestra esa maravillosa persona que tienes en tu interior. No necesitas ponerte ninguna máscara ni disfraz para agradar a nadie.”