Tu valor

Tu valor

Luis llegó a su casa, tras un día difícil en el colegio, y encontró a su abuelo en el salón, leyendo. Le saludó con la mano levemente, pero su abuelo le llamó para que se sentara con él. Con cara de fastidio, fue y se sentó junto a él en el sofá. Su abuelo le preguntó: “¿Qué te pasa Luis? ¿Ha pasado algo en el colegio?” Luis, mirando al suelo, dijo: “Nada que no pase todos los días. Hay un grupo de niños que se creen más que nadie y se meten conmigo porque no soy como ellos…” Su abuelo preguntó: ¿Y cómo son ellos?” Luis contestó: “Pues son los más guay, tienen ropa cara y los móviles más caros y modernos. Todos quieren ser sus amigos y las chicas se fijan en ellos. Yo no soy como ellos, no soy guay. Por eso se burlan de mí”.

Su abuelo se quedó pensativo un rato, y luego se levantó y le dijo: “Ven Luis, quiero enseñarte algo”. Luis se levantó también y siguió a su abuelo hasta el jardín. Había llovido esa mañana y olía a tierra mojada. Entonces, el abuelo se quitó un anillo de oro que siempre tenía puesto y se lo dio a Luis. Él lo miró interrogante y su abuelo le dijo: “Mira este anillo. ¿Cuánto crees que puede valer?” Luis miró el anillo y le contestó: “No sé abuelo. Creo que es de oro, así que tiene que valer mucho”. Su abuelo le dijo entonces: “Me costó muy caro cuando lo compré, pero, además, para mí vale muchísimo más, tiene un gran valor sentimental, ya que con él me casé con tu abuela”. Luis miró de nuevo el anillo y fue a devolvérselo a su abuelo, no fuera que se le cayera o lo perdiera, pero su abuelo le dijo: “Acércate a esa tierra mojada, y llénalo de barro”. Luis, le preguntó: Abuelo, ¿estás seguro?” Su abuelo asintió con la cabeza y Luis fue a ensuciar de barro el anillo, sin saber muy bien porqué su abuelo le había pedido que hiciera eso. Una vez que ya lo había llenado de barro, Luis fue a limpiarlo, pero su abuelo le paró y le dijo: “Déjalo así, sucio. Ahora ponlo en el suelo y písalo” Luis le dijo: No abuelo. No voy a pisar algo tan valioso para ti. Entonces su abuelo cogió el anillo, lo tiró al suelo y lo pisó. Luego, se agachó, lo recogió y le dijo a Luis: “Mira el anillo de nuevo. Si no supieras que es mi anillo y tampoco supieras cuánto vale para mí, ¿cuánto crees que podría valer al verlo así?” Luis miró el anillo y dijo: “A ver abuelo, está muy sucio y no parece bueno, pero yo sé que es de oro, aunque no lo parezca…”. Su abuelo, entonces le preguntó: “¿Crees que ha perdido su valor en euros y, sobre todo, su gran valor sentimental al estar sucio y parecer un anillo cualquiera?” Luis respondió enseguida: “¡Claro que no, abuelo! Sigue valiendo igual que antes de ensuciarlo”.

Su abuelo le miró a los ojos y le dijo: “Luis, igual que este anillo, tú eres muy valioso. Si hay gente que solo se fija en el exterior para valorarte, no son personas que merezcan la pena. Tu verdadero valor está en tu interior, y eso no va a cambiar, aunque no te pongas ropa cara ni tengas el último modelo de móvil, y aunque se burlen de ti. Tú vales mucho, y además, para mí vales todavía mucho más”. Luis, emocionado, le dijo a su abuelo: “Gracias por tus palabras abuelo. Las recordaré siempre”.

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Enrique y Javier estaban charlando el sábado por la noche en el bar donde solían quedar. Javier vio a su amigo algo ausente y le preguntó: “Enrique, ¿te pasa algo? Tengo la sensación de que no me estás escuchando lo que te estaba contando”. Enrique, que estaba mirando al vacío, volvió su cara hacia Javier y le dijo: “Es que tengo algo dándole muchas vueltas en mi cabeza”. Javier entonces le dijo sonriendo: “Pues ya me lo estás contando, que ya sabes que dos cabezas piensan mejor que una”.

Enrique empezó a hablar: “Verás Javier, como sabes, la semana que viene me voy unos días al extranjero y tenía en mente el comprarme una maleta nueva. Esta tarde, al salir del gimnasio, he pasado delante de una tienda pequeña de maletas y pensé que, al ser pequeñita, tendrían maletas de mejor calidad que en un centro comercial, por eso de cuidar la clientela, ya sabes. Entré y me compré una maleta que me gustó mucho. Cuando llegué a mi piso, la dejé a un lado y me fui a ducharme y arreglarme. Antes de salir, abrí la maleta, para ver cómo era por dentro, y me di cuenta de que tenía el cierre roto. Eso me ha enfadado mucho”. Javier le preguntó: “¿Y cuál es el problema? Mañana vas y la cambias. Asunto resuelto”. Enrique, entonces, le dijo: “No es tan fácil Javier. Al ser una tienda pequeña, mañana domingo no abren”. Javier dijo: “Pero tú te vas el jueves que viene. Tienes tiempo de ir el lunes a cambiarla por otra que esté bien”.

Enrique, bajando la cabeza, dijo: Hay otro problema. Como iba con prisas, no me llevé el ticket, así que seguro que no me la cambian sin ticket de compra. ¿Entiendes ahora por qué estoy así? Me he gastado un buen dinero en esa maleta y resulta que está rota. Tengo que esperar al lunes para ir a reclamar que me den una que esté impecable, pero cuando llegue a la tienda, lo primero que van a hacer es pedirme el ticket de compra, que no tengo. Entonces yo le diré que no me lo llevé porque confiaba que me estaban vendiendo una maleta nueva, sin nada roto. Y el dependiente me dirá que ellos me la dieron sin defectos y que la he roto yo. Y claro, como no tengo el ticket, no puedo demostrar que la compré hace dos días. Yo le diré que en dos días no puedo romper una maleta. Le diré que me vendieron una maleta en mal estado, pero no me van a creer y me voy a enfadar. Ellos me dirán que no me la pueden cambiar si no tengo el ticket y yo les diré que me dejen las hojas de reclamaciones porque me han vendido un artículo en mal estado y no quieren cambiármelo por otro que esté bien”.

Javier, escuchó todo lo que Enrique le decía y le dijo: “Mira Enrique. Estás pasándolo mal, enfadándote y no estás disfrutando de salir un sábado por la noche. Todo lo que me has contado está en tu imaginación. Estás adelantando acontecimientos, cuando no tienes evidencias de que todo eso ocurra”. Enrique le dijo: “Pero ¿y si ocurre?”. Javier, con media sonrisa, le contestó: “Si ocurre, ya lo solucionarás en el momento. Pero si no ocurre, estás perdiéndote el pasarlo bien esta noche, y yo me puedo cansar de estar al lado de un amigo soso y malhumorado…” Enrique, pensó un momento y dijo: “De acuerdo Javier. Ahora mismo no puedo hacer nada para solucionar esto. El lunes iré y ya veré qué pasa. Voy a cambiar el chip y a disfrutar de esta noche”.

El lunes por la noche, Enrique llamó por teléfono a Javier y le dijo: “Tenías razón Javier. Fui a la tienda, preparado para enfrentarme a ellos, y, cuando les dije que me habían vendido una maleta rota, el dependiente me dijo que se acordaba de mí de haberla comprado el sábado. Dijo que estas maletas a veces vienen defectuosas y, sin pedirme ticket, me la cambió por una que comprobamos que estaba bien. He estado malgastando energía y tiempo en adivinar algo que al final no ha pasado. He aprendido la lección. La próxima vez que quiera adelantar acontecimientos, me acordaré de este incidente”.

¡Déjate ayudar!

¡Déjate ayudar!

Hace poco he visto la película “El Rey León”, en su nueva versión. Es una historia muy peculiar, ya que, entre otras cosas, habla de un cachorro que huye de los suyos porque no puede enfrentarse a su pasado.

Todos tenemos problemas o dificultades a lo largo de nuestra vida, y, algunas veces, no sabemos qué hacer para solucionarlos. O quizás simplemente creemos que, si nos olvidamos de ellos, desaparecerán por sí solos. Sin embargo, cuando volvemos a mirar, ahí siguen. Es el caso de las personas con importantes problemas con el alcohol o las drogas. Muchas de ellas beben o consumen para “olvidar” los problemas, pero, cuando pasan los efectos, los problemas siguen ahí.

¿Qué puede estar pasando? Puede ser que creamos que no tenemos recursos, sabiduría, o fuerzas para afrontar esos problemas. O tal vez temamos en nuestro interior el ser juzgados por ellos y no nos sintamos capaces de pasar por eso. Y también puede ser que ese problema que estamos teniendo nos bloquee, debido a que nos puede estar conectando, sin saberlo, con cosas de nuestro pasado que aún no tenemos resueltas.

¿Y qué podemos hacer? Primero, es importante darnos cuenta de que algo va mal, que algo nos está pasando. Pero por nosotros/as mismos/as es difícil averiguar qué es lo que pasa realmente. Es decir, sin ayuda terapéutica, es difícil darnos cuenta si lo que pasa es que no creemos tener recursos, o estamos conectando con algo de nuestro pasado que duele, o creemos que nos van a rechazar si damos la cara, etc. Es importante “ponerle nombre” a esa huida o a ese bloqueo que nos impide solucionar nuestros problemas, para poder cambiar la situación.

Un/a Psicólogo/a te puede ayudar a analizar “desde fuera” cuál es la situación, a dar unos pasos atrás y mirarlo todo con más amplitud. Seguro que te has dado cuenta de que, cuando el problema lo tiene otro/a, tú puedes ver mucho más claro cuál podría ser la solución. Quizás, cuando tenías que enfrentarte a esos problemas, eras mucho más joven, como el cachorro de la película, y no tenías experiencia ni sabías qué podías hacer, y ahora eres más adulto/a, con más fuerzas, sabiduría y tienes otros medios a tu alcance.

No pasa nada por buscar ayuda psicológica. Simba, el león, aunque ya era adulto, también tuvo ayuda del sabio mono Rafiki, que le ayudó a darse cuenta quién era él, y le ayudó a encontrar su camino y enfrentar sus problemas, aprendiendo de los errores del pasado.

Por último, recuerda que los problemas no se van a ir solos si no te ocupas de ellos. El león Simba, por mucho que dijera “Hakuna Matata” (“No hay problema”), al final tuvo que conectar con quién era en realidad y afrontar su pasado, para poder realmente “vivir y ser feliz”.

Reflexionando

Reflexionando

Ana y Juan, dos profesores de Primaria, estaban comiendo juntos en la sala de profesores de la escuela donde trabajaban, comentando cómo les había ido el primer día de la vuelta al colegio. Cuando Ana comentó que estaba contenta con los nuevos alumnos que le habían tocado, Juan le dijo: “Has tenido mucha suerte. Te han tocado todos buenos. Sin embargo, a mí me han tocado unos “trastos” que no va a haber quien los aguante…”. Ana, sorprendida, le preguntó: “¿A qué te refieres cuando dices que te han tocado unos “trastos”?” Juan contestó: “Pues que tengo tres o cuatro alumnos que creo que me van a dar muchos problemas este curso. Son un desastre”.

Ana, poniéndose seria, le dijo: “Vamos a ver Juan. Dime en qué te basas para decir que esos niños son un desastre”. Juan, entonces dijo: “Parece que nunca has tenido niños así, Ana. Éstos, mientras yo estaba dando la clase, se reían, hablaban con otros, tiraban al suelo los lápices, … No me prestaban atención y hacían que otros tampoco me atendieran, ya que les miraban a ellos. Vamos, un desastre”.

Ana, reflexionando sobre lo que acababa de decir Juan, dijo: “Juan, si me permites que te de mi opinión, creo que hay algo que no estás haciendo bien”. Juan la miró extrañado y le dijo: “Continúa, te escucho”. Ana entonces le dijo: “Mira, yo también tengo algún niño en mi clase que, cuando llevo media hora de lección, se cansa y se distrae. Pero yo no pienso que son unos trastos ni que son desastres. Son niños, y parte de mi trabajo consiste en, además de enseñarles, procurar hacer que la clase sea amena”. Juan le dijo: “Ana, yo también procuro hacer mi clase amena, pero creo que con éstos no tengo nada que hacer…” Ana, entonces, le preguntó: “Juan, ¿puedo preguntarte algo personal?” Juan asintió y Ana continuó: “¿A ti te han llamado “trasto” o te han dicho que eras un desastre alguna vez?” Juan, poniendo cara triste, le dijo: “Pues sí, mi padre me lo dijo muchas veces”. Ana le dijo: “Ya veo que no te gustaba mucho que te lo dijera. Mira, los niños son alegres, inquietos, pero no son “trastos” ni “desastres”. Estoy segura de que tú no te portabas mal todo el tiempo, ¿verdad?” Juan contestó: “La verdad es que yo creo que yo no era malo. Pero cuando metía la pata, mi padre me decía eso”. Ana dijo entonces: “Ahí está el problema Juan. Tú no eras un desastre. Podías equivocarte alguna vez, como todos hemos hecho en nuestra infancia, pero eso no significaba que éramos unos trastos. Los padres, y nosotros, los profesores, tenemos que acostumbrarnos a calificar los hechos, no a las personas. Si un niño hace algo mal, hay que decirle que lo que ha hecho está mal, no que él es malo. Así le estás diciendo que no todo lo que hace está mal, porque no es así. Si les señalamos lo que no han hecho bien, sin juzgar a la persona, estamos protegiendo su autoestima”.

Juan, reflexionando sobre todo lo que Ana había dicho, añadió: “Tienes razón Ana. A mí me hubiera gustado que mi padre me dijera lo que yo hacía mal, no que me dijera simplemente que yo era un desastre. Yo hacía cosas bien. No siempre me equivocaba… Y estoy haciendo con mis alumnos lo que mi padre hacía conmigo… Muchas gracias, Ana. A partir de ahora, voy a llamar la atención a mis alumnos sobre lo que hayan hecho, sin ponerles ningún calificativo. Gracias por hacérmelo ver”.

Vacaciones = Descanso

Vacaciones = Descanso

Carlos y Lucía estaban tomando un café junto a una máquina de bebidas, en la oficina. Carlos estaba comentando que se iba de vacaciones a una casa rural, mientras que Lucía no parecía escucharle. Entonces Carlos, se puso frente a Lucía y le preguntó: “Lucía, ¿te pasa algo? Parece que no me escuchas lo que te estoy contando…” Lucía, sorprendida, le contestó: “No me pasa nada Carlos. Es que tengo en la cabeza un informe que no acabo de darle forma y doy muchas vueltas.” Carlos entonces le dijo: “Para un momento tu cabeza. Los descansos son para eso: para descansar. Tenemos 15 minutos de descanso. ¿No puedes relajarte sin más?” Lucía le miró a los ojos un segundo y luego, retirando la mirada, dijo: “No puedo Carlos. Mi trabajo para mí es muy importante.”

Carlos bebió de su café tranquilamente y le dijo: “Lucía, está muy bien que pongas toda tu energía en hacer bien tu trabajo, pero la vida es algo más que trabajar. Antes, te estaba contando que, para mis vacaciones, me voy 15 días a una casa rural. ¿Qué vas a hacer tú en tus vacaciones?” Lucía le contestó: “Aún no lo he pensado. Solo tengo cabeza para el informe… Seguramente vaya a la casa del pueblo de mis padres, como todos los años.” Carlos, sonriendo, le dijo: “Parece un plan divertidísimo… Ahora en serio, ¿no te gustaría ir a la playa o al extranjero?” Lucía, con media sonrisa, contestó: “Me gustaría, pero nunca tengo tiempo de programar nada”.

Carlos le dijo entonces: “Mira Lucía. Eres muy buena en tu trabajo, y los jefes te lo han reconocido muchas veces, pero en la vida hay algo más que trabajar”. Lucía dijo: “No puedo evitarlo Carlos. Ya sabes que siempre estoy con cosas en la cabeza”. Carlos entonces le dijo: “Lucía, las vacaciones están hechas para descansar, disfrutar, desconectar y cargar pilas. Estoy seguro de que en la casa del pueblo de tus padres no te quedarás quieta”. Lucía, bajando los ojos, dijo: “La verdad es que allí tampoco paro…” Carlos le dijo: “Lucía, como sigas así, vas a enfermar. Estas vacaciones deberían de ser diferentes: Tienes que aprender a desconectar y disfrutar de no hacer nada. Aprende a escuchar los pájaros, el sonido del mar, si estás en la playa, “y el sonido de los burros, si estás en tu pueblo…” Tienes que saborear la comida que tomas, disfrutar de un paisaje bonito, leer un libro, escuchar música, …. Todas esas cosas te ayudarán a descansar la mente y prepararla para la vuelta al trabajo”.

Lucía se quedó pensando un rato, y al final dijo: “Tienes razón Carlos. No descanso en las vacaciones y cada vez me siento más cansada haga lo que haga. Te voy a hacer caso: voy a buscar un sitio tranquilo y sosegado donde pasar mis vacaciones y voy a hacer todo lo que has dicho antes. Seguro que, a la vuelta, me ves mucho mejor. ¡Gracias por tus consejos!

Respetémosnos

Repetémosnos

Hace unos días yo estaba haciendo cola en una tienda, esperando mi turno para poder comprar. Como vi que la persona que estaban atendiendo ya había pagado, me empecé a acercar al mostrador, para hacer mi pedido, mientras la clienta anterior charlaba con la dependienta de cosas sin importancia. Cuando llegué al mostrador, esta clienta se dio la vuelta y, mirándome con una cara que parecía de horror, me dijo: “¡Vaya pelos trae usted!” Primero me sorprendió que, sin conocerme de nada, me dijera aquello. Segundo, a mí me gusta mucho mi pelo rizado, ya que no hay que peinarlo mucho para que siempre esté como a mí me gusta. No sé cómo tenía yo mi pelo en ese momento, (ni tampoco me preocupaba, la verdad), pero la exclamación de esa mujer me hizo fijarme en el suyo. Su pelo estaba un poco quemado y estropeado. Todo esto pasó en cuestión de segundos, ya que, en cuanto yo escuché la descalificación de los pelos que yo tenía, le dije: “Sí, ¿verdad? me encanta mi pelo”. Entonces ella se quedó un poco cortada y se llevó inmediatamente sus manos a su pelo, quejándose del mal aspecto que tenía el suyo propio y lo difícil que era para ella cuidarlo. No le presté mucha más atención y seguí con mis compras.

¿Qué había pasado allí? Esta persona había criticado mi pelo. Pero, si ella tenía un pelo estropeado, ¿por qué criticó el mío? Parece ser que ella estaba “proyectando”. ¿Y qué es la Proyección? Ahora os lo explico.

Todas las personas solemos tener una característica, un aspecto de nosotros, de nuestra personalidad que no nos gusta. Podemos darnos cuenta o no de ese sentimiento. Si nos damos cuenta de que lo tenemos, puede que hagamos todo lo posible para cambiar eso nuestro que no nos gusta. Pero hay personas que lo tienen, no se dan cuenta, y critican muy duramente eso mismo en otras personas. Eso es la Proyección: criticar, atribuyendo a otro un rasgo de mí mismo/a que rechazo con todas mis fuerzas.

Wayne W. Dyer repetía mucho en sus conferencias que “cuando señalo a alguien con un dedo (mi dedo índice), tengo tres dedos señalándome a mí (dedos corazón, anular y meñique). Es decir: cuando critico algo de alguien, yo tengo eso que estoy criticando, multiplicado por tres.

Sería muy bueno que, la próxima vez que vayamos a criticar a alguien, o a hacerle ver que algo de él o de ella me molesta, podemos hacer una reflexión y ver si eso que iba a decir, también es mío. Si es así, es mejor ponerme manos a la obra y tratar de cambiar en mí eso que no me gusta, en vez de mostrarme crítico y/o intolerante con el otro.

¿Cómo te motivas?

Vanesa y Alicia charlaban mientras tomaban café en una cafetería. Vanesa comentó que ya quedaban pocos días para los exámenes finales y la selectividad, y Alicia la miró con cara de angustia. Vanesa le preguntó entonces qué le pasaba y Alicia contestó: “No sé si podré presentarme a la Selectividad. Intento estudiar, pero me distraigo mucho y no aprovecho el tiempo. Como estamos en primavera, solo tengo ganas de salir a tomar el sol, quedar con amigas, divertirme, y lo que menos pienso es en estudiar”.

Vanesa se quedó un poco pensativa, y luego dijo: “Parece que no estás muy motivada para estudiar…” A lo que Alicia comentó: “No estoy nada motivada. No sé cómo lo haces tú, la verdad. Te veo estudiando todo el tiempo, y me ha costado mucho que vinieras a tomar café conmigo esta tarde. ¿Cómo lo consigues?” Vanesa entonces le dijo: “Yo estoy supermotivada. Me lo estoy currando bien y espero sacar mucha nota, para poder acceder al grado que me ilusiona: Medicina”. Alicia añadió: “Yo también quiero entrar en Arquitectura, pero no sé cómo motivarme”.

Vanesa entonces dijo: “Mira Alicia. Hay una manera de motivarte, que es ilusionándote para acercarte a lo que quieres. Y también existe otra forma que la gente utiliza de forma equivocada o malentendida, que es alejándote de la meta”. Alicia preguntó: “¿Por qué alguien querría alejarse de la meta?” Vanesa contestó: “Pues por desánimo, miedo y angustia al pensar que no vas a conseguirlo. Eso te paraliza y dejas de hacer aquello que te cuesta, en este caso estudiar, que es lo que te acercaría a la meta”. Al ver que Alicia ponía cara de no entender, siguió hablando: “Te pongo un ejemplo: yo puedo motivarme pensando con todas mis ganas en la meta que quiero conseguir, es decir, pensando en que quiero estudiar Medicina; o puedo paralizarme pensando que no voy a aprobar selectividad o no voy a sacar nota para entrar en Medicina. Yo, por ejemplo, me motivo mucho pensando en lo que quiero conseguir. Cuando me siento decaer o me canso de estudiar, además de descansar, pienso en lo feliz que voy a ser estudiando Medicina y, cuando termine mis estudios, trabajando en un Hospital. Eso me ilusiona mucho y me entran ganas de seguir estudiando. Y con otras situaciones que requieren mi esfuerzo, me pasa lo mismo: pienso en la meta a conseguir y me veo habiéndola conseguido. Eso me carga las pilas, y me pongo a ello”.

Alicia dijo entonces: “Ahora lo entiendo Vanesa. Creo que a mí me pasa lo segundo que has comentado. Tengo miedo de suspender selectividad o suspender este curso y tener que repetir. Sería un año perdido y eso me angustia, quitándome las ganas de estudiar”. Vanesa continuó hablando: “Eso es Alicia. Ten en cuenta que alejarte de tu meta en realidad es una huida del miedo a no conseguirlo, huir de lo negativo, y, por tanto, no es efectivo. Si realmente te gusta Arquitectura, es que eres una persona muy creativa. Usa esa creatividad a tu favor: ilusiónate con lo que vas a aprender, piensa en las luces, los colores, las formas que vas a crear. Ten en cuenta que, donde no existe nada, tú vas a crear algo nuevo”.

Alicia dijo finalmente: “Tienes razón Vanesa. Claro que quiero entrar en Arquitectura, pero hasta ahora no he sabido usar esa ilusión para vencer la pereza de ponerme a estudiar. De ahora en adelante, cada vez que me ponga a estudiar tendré en cuenta que el huir de lo que no quiero no me acerca a mi meta, y sí lo hace el imaginarme con mi meta conseguida. Voy a pensar en todas las cosas que quiero crear. ¡Muchas gracias!”

Ocúpate de Ti

Luis fue a ver a su amigo Javier a su casa. Al llamar a la puerta, le abrió la madre de Javier, y le llevó hasta el dormitorio, donde estaba Javier tumbado en su cama. Al verlo, Luis le preguntó qué le había pasado.

Javier, suspirando, le contestó: “Algo que viene de lejos”. Luis le miró sin comprender, y Javier continuó: “Llevo dos semanas con molestias lumbares. Me decía a mí mismo que era por estar tanto tiempo sentado mirando el ordenador y que era algo pasajero. Ayer se me cayó un bolígrafo al suelo y, al ir a recogerlo, me agaché y ya no pude moverme”. Luis le dijo: “Pero si tú nunca has tenido problemas físicos, o, por lo menos, nunca te has quejado de ellos…” Javier, entonces, le dijo: “Tienes razón, nunca me he quejado de ellos porque nunca les he prestado atención. Estos últimos días he tenido mucha tensión en el trabajo, por no llegar a tiempo en proyectos que tenía que tener ya terminados, y, para mí, eso era lo primero. Que me molestara la espalda, no era importante. Cuando el dolor persistía o se hacía más grande, nunca era un buen momento para ir al médico… Hasta que ya no he tenido más remedio. Ahora casi no puedo moverme de la cama. Hasta mi madre ha tenido que venir a ayudarme”.

Luis le dijo: “Mira Javier, esto te ha pasado por no cuidar de ti mismo. Llevas varios días sin escuchar a tu cuerpo, hasta que te ha hecho pararte, para que lo escuches”. Javier le preguntó qué quería decir con eso. Luis contestó: “Para poder estar sanos, tenemos que cuidarnos y atendernos. Si me duele algo, mi cuerpo está diciéndome que algo va mal y tengo que prestarle atención. Como has podido ver, si no lo haces, puede ir a más. Pero si me cuido y voy al médico cuando lo necesite, me estoy atendiendo a mí mismo. Esa es la mejor manera de estar bien, para poder trabajar, salir, o hacer lo que yo quiera”.

Javier le dijo entonces: “Tienes razón. A partir de ahora escucharé más a mi cuerpo y me cuidaré. No sabes todo lo que puedes hacer cuando estás bien hasta que no puedes hacerlo. Poder andar, saltar, conducir, sentarte, levantarte, subir escaleras, … todo parece muy sencillo. Ahora mismo, una cosa tan simple como levantarte al servicio o ir por un vaso de agua a la cocina, se ha convertido en algo muy difícil de hacer para mí”.

Luis, sonriendo, le dijo: “Pues ya lo sabes, para poder hacer cualquier cosa, tu cuerpo tiene que responder con salud. Para ello, es muy importante cuidarnos y escuchar nuestro cuerpo”.

¿Cuál es tu Actitud?

¿Cuál es tu Actitud?

Hay muchas situaciones difíciles en la vida que te hacen reaccionar de una manera u otra, y esa reacción marca el resultado de lo que pase después. Hay personas cuya reacción es de fuerza, y les ayuda a salir del pozo en el que se han metido. Otras personas reaccionan con positividad, y les ayuda a ver el lado positivo de lo que les ha pasado, con lo que se reponen más fácilmente de lo acontecido. Y también hay personas que no hacen nada, o se hunden y se deprimen. ¿Qué es diferente en unas personas y otras, que les hace reaccionar de forma distinta? Veámoslo con un ejemplo.

En un examen de carnet de conducir hay varias personas a la vez haciendo el mismo examen y, al final, varias lo suspenden. Habrá alguna que esté triste y puede que llore, otra que se enfade, otra que le de igual u otra que salga con fuerza para probar una segunda vez. La situación es la misma para todas las personas, pero las reacciones son diferentes. Si nuestra reacción dependiera del acontecimiento vivido, todos tendríamos que actuar de forma similar, pero no lo hacemos. La diferencia está en las creencias que tenemos acerca de esa experiencia vivida, y cómo lo interpretamos. Es decir, nuestra actitud.

Si crees que es demasiado para ti, estarás triste por confirmarte a ti mismo/a que no eres lo suficientemente inteligente para aprobarlo, o porque no has cumplido con las expectativas que se esperaban de ti. Si estás sacándote el carnet por mandato externo, te puede dar igual si te lo sacas o no, con lo que el resultado no te influirá. Si te lo has preparado bien y has tenido fallos tontos, puede que estés enfadado/a porque no te has dado cuenta de los mismos o no has dedicado todo el tiempo que necesitabas para preparártelo. O sales del examen contento/a de ti mismo/a por el esfuerzo realizado, y con ganas de intentarlo una segunda vez, con la convicción de que en el siguiente examen lo conseguirás.

Y, ya sea el examen del carnet, el de oposiciones, o cualquier situación en nuestra vida cotidiana, todas estas actitudes pueden ser iguales, o totalmente diferentes, según lo que pensemos acerca de nuestra capacidad para sacar adelante cualquier cuestión que nos propongamos.

En la medida que analicemos y nos demos cuenta cuál es nuestra actitud ante las diferentes situaciones que nos toca vivir, mejor podremos afrontarlas. Si tras un error no me veo capaz de conseguir nada, ni siquiera lo intentaré de nuevo. Pero si cambio mi actitud y analizo en qué me he equivocado, corrigiendo mi error, podré cambiar lo que pienso y siento sobre lo que ha pasado, y estaré más cerca de lograr el triunfo en lo que me proponga. Y recuerda: Nuestra experiencia no es lo que nos sucede, sino es lo que nosotros interpretamos de lo que nos sucede, según nuestro prototipo de personalidad.

Tomando Decisiones

Tomando Decisiones

Paula y Luisa se han conocido en la Universidad donde están estudiando, y decidieron ir a comer y al cine. Cuando estaban en el Centro Comercial cercano, Luisa le preguntó a Paula: “Oye Paula, ¿dónde quieres comer?” Paula entonces miró a varios restaurantes y, tras un silencio, respondió: “No sé Luisa. Elige tú”. Luisa miró a todos y rápidamente dijo: “¡Italiano! ¿Te parece?” Paula asintió.

Ya sentadas en el restaurante, Luisa, que ya tenía claro lo que quería, miraba a Paula, que leía y leía la carta, sin decir nada. Cuando llegó el camarero, preguntó primero a Paula qué iba a tomar, y ella dijo: “No sé, todo parece muy rico… ¿Tú qué vas a tomar, Luisa?” Luisa dijo: “Yo quiero ensalada italiana y luego lasaña”. Entonces Paula dijo: “Yo tomaré lo mismo, por favor”.

Cuando empezaron a comer, Luisa comentó: “Paula, yo he elegido el restaurante, así que tú eliges la película. ¿Qué quieres ver?” Paula se quedó pensativa y le respondió: “No sé, ¿cuál quieres ver tú?” Luisa entonces contestó: “Ponen dos o tres que tienen buena pinta. Pero eliges tú. ¿Cuál vemos?” Paula se quedó un rato mirando su plato y al final dijo: “Pues cualquiera de esas que dices que tienen buena pinta”.

Luisa, mirándola a los ojos, le dijo: “Paula, no te conozco mucho, pero parece que te cuesta tomar decisiones. ¿O es para que yo esté a gusto contigo? Si es por eso, no te preocupes. Me lo estoy pasando bien” Paula se sonrojó y le dijo: “Bueno, un poco sí es por eso, pero también es que pocas veces me preguntan qué pienso o qué quiero. Siempre me adapto a los demás, para no molestar”. Luisa entonces le dijo: “Pero tampoco has decidido tu comida. ¿Qué tiene que ver eso conmigo?” Laura se tomó su tiempo para pensar, y le dijo: “Es que no sabía qué tomar. Cuando tengo que decidir entre varias cosas, si me decido por una, enseguida me vienen pensamientos de que puedo estar equivocándome y eso me hace sentir mal. Entonces me decido por otra, y lo mismo. Tampoco tengo muy claro lo que me gusta y lo que no. Entonces desisto y le doy la responsabilidad de decidir a otra persona”.

Luisa entonces le dijo: “Laura, yo no te voy a juzgar si no eliges bien, y tú no deberías de juzgarte a ti misma por eso. Si te equivocas en elegir una película, otro día podemos ver otra y no hay problema. Y con la carta del restaurante, podemos venir más días y vas probando cada plato, para que vayas averiguando cuál te gusta y cuál no. Podemos empezar por estas cosas pequeñas, y, en la medida que vayas viendo que no pasa nada, podrás ir tomando decisiones cada vez más importantes”. Laura dijo entonces: “Gracias Luisa. Tienes razón. Voy a empezar con decisiones pequeñas, para que no me cueste tanto”. Luisa añadió: “Por último, ten en cuenta que los seres humanos aprendemos de los errores que cometemos, ya que los aciertos los disfrutamos y ya está, así que está bien equivocarse de vez en cuando. No lo olvides”.