Ocúpate de Ti

Luis fue a ver a su amigo Javier a su casa. Al llamar a la puerta, le abrió la madre de Javier, y le llevó hasta el dormitorio, donde estaba Javier tumbado en su cama. Al verlo, Luis le preguntó qué le había pasado.

Javier, suspirando, le contestó: “Algo que viene de lejos”. Luis le miró sin comprender, y Javier continuó: “Llevo dos semanas con molestias lumbares. Me decía a mí mismo que era por estar tanto tiempo sentado mirando el ordenador y que era algo pasajero. Ayer se me cayó un bolígrafo al suelo y, al ir a recogerlo, me agaché y ya no pude moverme”. Luis le dijo: “Pero si tú nunca has tenido problemas físicos, o, por lo menos, nunca te has quejado de ellos…” Javier, entonces, le dijo: “Tienes razón, nunca me he quejado de ellos porque nunca les he prestado atención. Estos últimos días he tenido mucha tensión en el trabajo, por no llegar a tiempo en proyectos que tenía que tener ya terminados, y, para mí, eso era lo primero. Que me molestara la espalda, no era importante. Cuando el dolor persistía o se hacía más grande, nunca era un buen momento para ir al médico… Hasta que ya no he tenido más remedio. Ahora casi no puedo moverme de la cama. Hasta mi madre ha tenido que venir a ayudarme”.

Luis le dijo: “Mira Javier, esto te ha pasado por no cuidar de ti mismo. Llevas varios días sin escuchar a tu cuerpo, hasta que te ha hecho pararte, para que lo escuches”. Javier le preguntó qué quería decir con eso. Luis contestó: “Para poder estar sanos, tenemos que cuidarnos y atendernos. Si me duele algo, mi cuerpo está diciéndome que algo va mal y tengo que prestarle atención. Como has podido ver, si no lo haces, puede ir a más. Pero si me cuido y voy al médico cuando lo necesite, me estoy atendiendo a mí mismo. Esa es la mejor manera de estar bien, para poder trabajar, salir, o hacer lo que yo quiera”.

Javier le dijo entonces: “Tienes razón. A partir de ahora escucharé más a mi cuerpo y me cuidaré. No sabes todo lo que puedes hacer cuando estás bien hasta que no puedes hacerlo. Poder andar, saltar, conducir, sentarte, levantarte, subir escaleras, … todo parece muy sencillo. Ahora mismo, una cosa tan simple como levantarte al servicio o ir por un vaso de agua a la cocina, se ha convertido en algo muy difícil de hacer para mí”.

Luis, sonriendo, le dijo: “Pues ya lo sabes, para poder hacer cualquier cosa, tu cuerpo tiene que responder con salud. Para ello, es muy importante cuidarnos y escuchar nuestro cuerpo”.

¿Cuál es tu Actitud?

¿Cuál es tu Actitud?

Hay muchas situaciones difíciles en la vida que te hacen reaccionar de una manera u otra, y esa reacción marca el resultado de lo que pase después. Hay personas cuya reacción es de fuerza, y les ayuda a salir del pozo en el que se han metido. Otras personas reaccionan con positividad, y les ayuda a ver el lado positivo de lo que les ha pasado, con lo que se reponen más fácilmente de lo acontecido. Y también hay personas que no hacen nada, o se hunden y se deprimen. ¿Qué es diferente en unas personas y otras, que les hace reaccionar de forma distinta? Veámoslo con un ejemplo.

En un examen de carnet de conducir hay varias personas a la vez haciendo el mismo examen y, al final, varias lo suspenden. Habrá alguna que esté triste y puede que llore, otra que se enfade, otra que le de igual u otra que salga con fuerza para probar una segunda vez. La situación es la misma para todas las personas, pero las reacciones son diferentes. Si nuestra reacción dependiera del acontecimiento vivido, todos tendríamos que actuar de forma similar, pero no lo hacemos. La diferencia está en las creencias que tenemos acerca de esa experiencia vivida, y cómo lo interpretamos. Es decir, nuestra actitud.

Si crees que es demasiado para ti, estarás triste por confirmarte a ti mismo/a que no eres lo suficientemente inteligente para aprobarlo, o porque no has cumplido con las expectativas que se esperaban de ti. Si estás sacándote el carnet por mandato externo, te puede dar igual si te lo sacas o no, con lo que el resultado no te influirá. Si te lo has preparado bien y has tenido fallos tontos, puede que estés enfadado/a porque no te has dado cuenta de los mismos o no has dedicado todo el tiempo que necesitabas para preparártelo. O sales del examen contento/a de ti mismo/a por el esfuerzo realizado, y con ganas de intentarlo una segunda vez, con la convicción de que en el siguiente examen lo conseguirás.

Y, ya sea el examen del carnet, el de oposiciones, o cualquier situación en nuestra vida cotidiana, todas estas actitudes pueden ser iguales, o totalmente diferentes, según lo que pensemos acerca de nuestra capacidad para sacar adelante cualquier cuestión que nos propongamos.

En la medida que analicemos y nos demos cuenta cuál es nuestra actitud ante las diferentes situaciones que nos toca vivir, mejor podremos afrontarlas. Si tras un error no me veo capaz de conseguir nada, ni siquiera lo intentaré de nuevo. Pero si cambio mi actitud y analizo en qué me he equivocado, corrigiendo mi error, podré cambiar lo que pienso y siento sobre lo que ha pasado, y estaré más cerca de lograr el triunfo en lo que me proponga. Y recuerda: Nuestra experiencia no es lo que nos sucede, sino es lo que nosotros interpretamos de lo que nos sucede, según nuestro prototipo de personalidad.

Tomando Decisiones

Tomando Decisiones

Paula y Luisa se han conocido en la Universidad donde están estudiando, y decidieron ir a comer y al cine. Cuando estaban en el Centro Comercial cercano, Luisa le preguntó a Paula: “Oye Paula, ¿dónde quieres comer?” Paula entonces miró a varios restaurantes y, tras un silencio, respondió: “No sé Luisa. Elige tú”. Luisa miró a todos y rápidamente dijo: “¡Italiano! ¿Te parece?” Paula asintió.

Ya sentadas en el restaurante, Luisa, que ya tenía claro lo que quería, miraba a Paula, que leía y leía la carta, sin decir nada. Cuando llegó el camarero, preguntó primero a Paula qué iba a tomar, y ella dijo: “No sé, todo parece muy rico… ¿Tú qué vas a tomar, Luisa?” Luisa dijo: “Yo quiero ensalada italiana y luego lasaña”. Entonces Paula dijo: “Yo tomaré lo mismo, por favor”.

Cuando empezaron a comer, Luisa comentó: “Paula, yo he elegido el restaurante, así que tú eliges la película. ¿Qué quieres ver?” Paula se quedó pensativa y le respondió: “No sé, ¿cuál quieres ver tú?” Luisa entonces contestó: “Ponen dos o tres que tienen buena pinta. Pero eliges tú. ¿Cuál vemos?” Paula se quedó un rato mirando su plato y al final dijo: “Pues cualquiera de esas que dices que tienen buena pinta”.

Luisa, mirándola a los ojos, le dijo: “Paula, no te conozco mucho, pero parece que te cuesta tomar decisiones. ¿O es para que yo esté a gusto contigo? Si es por eso, no te preocupes. Me lo estoy pasando bien” Paula se sonrojó y le dijo: “Bueno, un poco sí es por eso, pero también es que pocas veces me preguntan qué pienso o qué quiero. Siempre me adapto a los demás, para no molestar”. Luisa entonces le dijo: “Pero tampoco has decidido tu comida. ¿Qué tiene que ver eso conmigo?” Laura se tomó su tiempo para pensar, y le dijo: “Es que no sabía qué tomar. Cuando tengo que decidir entre varias cosas, si me decido por una, enseguida me vienen pensamientos de que puedo estar equivocándome y eso me hace sentir mal. Entonces me decido por otra, y lo mismo. Tampoco tengo muy claro lo que me gusta y lo que no. Entonces desisto y le doy la responsabilidad de decidir a otra persona”.

Luisa entonces le dijo: “Laura, yo no te voy a juzgar si no eliges bien, y tú no deberías de juzgarte a ti misma por eso. Si te equivocas en elegir una película, otro día podemos ver otra y no hay problema. Y con la carta del restaurante, podemos venir más días y vas probando cada plato, para que vayas averiguando cuál te gusta y cuál no. Podemos empezar por estas cosas pequeñas, y, en la medida que vayas viendo que no pasa nada, podrás ir tomando decisiones cada vez más importantes”. Laura dijo entonces: “Gracias Luisa. Tienes razón. Voy a empezar con decisiones pequeñas, para que no me cueste tanto”. Luisa añadió: “Por último, ten en cuenta que los seres humanos aprendemos de los errores que cometemos, ya que los aciertos los disfrutamos y ya está, así que está bien equivocarse de vez en cuando. No lo olvides”.

¿Amar o Depender? Tú Elijes

¿Amar o Depender? Tú Eliges

Se acerca el día de los enamorados y parece un buen momento para hablar sobre las relaciones de pareja. Todas las personas que empiezan una relación de pareja quieren que ésta dure para siempre o, al menos, muchos años. Si es tu caso, quizás es bueno que te pares a reflexionar sobre algunos aspectos, que te pueden ayudar a que esa relación que empiezas te dure tanto como desees.

Lo primero que tienes que tener en cuenta es que no existe “tu media naranja”. No estoy diciendo que no se pueda encontrar a la persona que te complemente. Simplemente digo que, si hubiera “medias naranjas”, seríamos “medias personas” y andaríamos errantes en busca de esa media persona que cuadre con mi otra mitad. Y si creemos que la hemos encontrado, como media naranja solo hay una, nos convertiríamos en personas dependientes de esa otra mitad. Y toda relación dependiente no conduce a la felicidad, ya que implica que no estás libremente con esa persona. La necesitas a tu lado, y, por miedo a perderla, estás dispuesta a hacer cualquier cosa, incluso algo que no quieras hacer, con tal de que no te deje.

Es importante diferenciar entre querer a alguien y necesitarle. Si necesitas a esa persona, dependes de ella, y por tanto, te conviertes en alguien débil. Estás a su merced y, si esa persona quisiera, te puede manipular como quiera. E incluso, si te dejara, pensarías que no puedes vivir sin ella. Pero si quieres a alguien, quieres estar con esa persona porque lo deseas, no porque lo necesitas. Por tanto, cada persona de esa pareja es independiente del otro y elijen libremente estar juntas. De esta manera, pueden crecer en positivo, compartir momentos, hobbies, felicidad, etc. Y también pueden tener momentos en los que no estén juntos y pueden desarrollarse, aunque la pareja no esté presente.

El amor no tiene nada que ver con la dependencia. Así, en una relación sin dependencia, cada uno de sus miembros le permite al otro ser lo que quiera ser, sin exigir ni esperar nada. Y por supuesto tampoco habría lugar a que ninguno de los dos pensara y hablara por la otra persona, ni exigirle que haga lo que se supone que tiene que hacer o debería hacer.

Todo esto hará que la pareja crezca y se desarrolle, a la vez que cada uno desarrolla su propio respeto hacia sí mismo y hacia el otro.

¿Eres Puntual?

¿Eres Puntual?

Luisa esperó a que se tranquilizara un poco y, tras pedir al camarero, le preguntó: “¿Qué te ha pasado esta vez?” A lo que Carol contestó: “Vaya Luisa, lo dices como si me retrasara siempre…”. Luisa la miró con cara de sorpresa y le dijo: “Vamos Carol, dos veces de cada tres que quedamos llegas tarde”. Entonces Carol, sonriendo, le dijo: “¿Ves? Hay veces que no llego tarde. Además, cuando llegas tarde a una fiesta, tienes una entrada triunfal y todos te miran. ¡Es genial!”.

Luisa se puso seria y le dijo: “Carol, esto no es una fiesta. Hemos quedado para tomar café y la única que te espera soy yo. Me gustaría que comprendieras que mi tiempo es importante, yo decido lo que hacer o no con él, y hoy no había decidido gastarlo esperándote casi media hora…”. Carol se puso seria también y le respondió: “Perdona Luisa, no sabía que te había molestado tanto. Mi tiempo, para mí, también es importante. Por eso lo ocupo con muchas cosas que quiero hacer, y al final no me da para todo y llego tarde a todos los sitios”. Luisa, entonces, le dijo: “Quizás podrías pararte y organizar tu tiempo acorde con tu vida. Puedes hacer una lista con todo lo que quieres hacer. Una vez hecha, puedes clasificar cada cosa con una A, una B o una C, dependiendo si es muy prioritario, importante o puede esperar, respectivamente. Luego, analizas qué tiempo tienes para hacer esas cosas, y las vas colocando según prioridad y tiempo necesario para cada una. Es importante que lo hagas bien, ya que, si tienes media hora, no puedes poner algo en lo que tardarías una hora”.

Carol miró a Luisa con cara de agobio y le dijo: “¿Y cuándo saco tiempo para hacer eso?” Entonces, Luisa le dijo: “No te preocupes, podemos hacerlo juntas ahora y así te puedo ayudar si lo necesitas”. Carol, rápidamente, contestó: “¡Estupendo Luisa! Te agradezco que me ayudes para empezar. Y te prometo que, de ahora en adelante, valoraré tu tiempo, además del mío, y aprenderé a respetar tanto tu tiempo como el mío”.

¡Confía!

Confía

Carlos salió de la Biblioteca cuando ya estaba bien entrada la noche. Llevaba mucho tiempo preparándose para aprobar las oposiciones. Estaba contento con el tiempo que le había dedicado, pero aún había algo que le preocupaba bastante: una de las pruebas era la exposición oral de un tema ante un tribunal. Él dedicaba horas y horas a estudiar, pero no sabía qué hacer para quitarse ese miedo a ponerse delante de los profesores y decirles lo que había estudiado. Solo por eso, estuvo a punto de no prepararse las oposiciones, pero su familia le alentó mucho y le convencieron de que él podía hacerlo.

Pensaba en ello, parado ante un semáforo, y, al ponerse en verde para peatones, vio a su lado una anciana que dudaba si cruzar o no. Se acercó a ella y le preguntó: “¿Quiere que le ayude a cruzar?” La anciana, sonriendo, le dijo: “Muchas gracias muchacho. Mis ojos ya no ven mucho de noche y no me atrevo a cruzar sola. Todos van muy deprisa andando y no me atrevía a pedir ayuda a nadie”. Carlos la miró y, sonriendo, le dijo: “¡Pues vamos! Agárrese a mi brazo, que yo la ayudo”. Cuando llegaron a la otra acera, Carlos se paró, para despedirse de la anciana y ésta le dijo: “Muchas gracias. Por haberme ayudado, te regalo esta piedra. Aunque no lo parezca, es una piedra muy valiosa, te dará algo importante”. Dicho esto, puso en su mano una piedra. Carlos se quedó mirando la piedra, la cual era de lo más normalita, pensando cómo podía ser valiosa una piedra así. Al levantar la vista, para preguntarle eso mismo a la anciana, ésta ya se había ido. La buscó entre la gente, pero no la encontró. Era como si hubiera desaparecido. Entonces, se dijo: “Quizás esta piedra es mágica y la anciana también lo era. ¿Qué será eso tan importante que me va a dar?” Y se dirigió a su casa, pensando en ello.

Al día siguiente, Carlos estaba en su habitación preparándose la exposición oral e, instintivamente se tocó el bolsillo donde tenía guardada la piedra. En ese momento se sintió más calmado y empezó a recitar todo lo que durante tanto tiempo había estudiado, pero esta vez, sin miedo. Cuando terminó de exponer el tema, estaba muy contento y pensó: “¡Realmente es una piedra mágica! ¡He podido hablar sin miedo!” Estaba contentísimo, y, a partir de ese momento, siempre estudiaba y se preparaba en voz alta los temas con ella en el bolsillo. No volvió a tener miedo y estaba convencido que podría conseguir aprobar las oposiciones.

Cuando llegó el día del examen, le salió muy bien. Y al llegar a la exposición final del tema, salió estupendamente y aprobó. Al salir a la calle, abrazó a su madre y le dijo: “Mamá, lo he conseguido gracias a la piedra mágica. Me ha ayudado a quitarme el miedo y a estar tranquilo”. Su madre le preguntó a qué piedra se refería y, cuando Carlos fue a buscarla al bolsillo, no estaba. Se puso muy nervioso y la buscó por todos los bolsillos. Su madre entonces le dijo: “Si te refieres a una piedra marrón algo fea, la saqué ayer de tu bolsillo para que no te estropeara la ropa y la tiré”. Carlos se quedó confuso. El examen y la exposición le habían salido muy bien y no había tenido la piedra con él. En ese momento comprendió las palabras de la anciana, cuando le dijo que la piedra le daría algo importante: le había dado confianza en sí mismo. A partir de entonces, no necesitó ninguna piedra para creer en sí mismo y en lo que podía conseguir gracias a su esfuerzo.

La Sabiduría de la Edad

La Sabiduría de la Edad

Cuando tenemos pérdidas que asimilar, entramos en un proceso que se llama “Duelo”. Dicho proceso nos ayuda a elaborar esa pérdida, aceptarla y seguir adelante con nuestra vida, sin aquello que hemos perdido, o sin la persona que ya no está. Es decir, los duelos no tienen por qué estar relacionados con la muerte de una persona. El Duelo puede aparecer ante cambio o pérdida de estatus, de un coche, de un trabajo, de una casa, de una amistad, de una pareja,… Y también tiene que ver con uno/a mismo/a, por cambios en nuestro cuerpo o en nuestra mente, es decir, pérdida de salud, y/o pérdida de juventud.

Aunque parece que son los menos conocidos, los duelos por la pérdida de juventud cada vez son más comunes, ya que, gracias a la ciencia, el ser humano ha pasado de vivir hasta los 50 ó 60 años, para plantarse perfectamente en los 80 o incluso los 90 años de vida. Ahora, el “síndrome de los 40” no significa que “me queda poco tiempo de vida”, sino que “estoy en la mitad de mi vida” y todavía tengo muchos años para aprovechar y disfrutar. El problema viene cuando la mente no acompaña al cuerpo.

Cada año que pasa, el ser humano experimenta cambios en su mente y en su cuerpo. Y aunque mentalmente podemos sentirnos jóvenes, nuestro cuerpo sigue ganando años. Puede que un día te mires al espejo y veas a “un señor mayor” reflejado, preguntándote de dónde ha salido, si tú aún te sientes joven. Pero no es solo el reflejo del espejo, también puede que notes que ya no tienes el color ni la cantidad de pelo de tu juventud, ni la fuerza muscular que tenías antes, ni la elasticidad corporal que te ayudaba a moverte sin problema. Y todos estos cambios son un proceso natural que nos llega a todos los seres humanos.

Si no quieres tener un duelo difícil acerca de la pérdida de tu juventud, es conveniente que empieces por aceptar que es un proceso irremediable, y después, tienes que hacerte cargo de cómo quieres vivir tu vida, si quejándote de lo rápido que pasa el tiempo, o aprovechando ese tiempo activamente en cosas que te gustan y con las que disfrutas. Esta segunda opción, te ayudará a elaborar mucho mejor ese duelo por dejar atrás tu juventud y te permitirá vivir más intensamente y feliz.

Y, por último, recuerda que al cumplir años no eres más viejo, eres más sabio y tienes más experiencia para compartir.

¡Valórate!

Valórate

¿Eres de los que se vuelcan en los demás y no reparas en esfuerzos para agradar y ayudar, olvidándote de ti mismo? Quizás tú eres una de esas personas o quizás conozcas a alguna de ellas. Hay muchas personas que piensan que solo son felices cuando dan todo de sí mismas en beneficio de los demás. Son personas muy apreciadas por su generosidad, empatía y sensibilidad. ¿Pero realmente son felices “dándolo todo”? ¿Qué es lo que les mueve?

En realidad, nunca es gratuito todo lo que hacen, ya que estas personas lo que buscan es ser valoradas, consideradas, respetadas y aceptadas en su entorno, por tanto, no están mostrando lo que piensan y sienten. Buscan lo que ellas a sí mismas no se pueden dar, por tanto, harán lo que sea para recibir lo que necesitan. Son personas que se sienten mal, tristes, si nadie las valora, así que invierten mucho esfuerzo en hacer muchas cosas, buscando esa valoración que necesitan de los demás.

¿De dónde les viene esta actitud? Quizás, cuando eran pequeños, han tenido unos padres muy exigentes o no los valoraban lo suficiente, con lo que ellos tenían que esforzarse mucho para conseguir esa valoración que tanto necesitan los niños.

El problema de estas personas es que no se dan cuenta que están poniendo su propia valía en las manos de los demás, es decir, sólo se sentirán valiosos si los demás les reconocen. Y es muy difícil que constantemente alguien te valore, por lo que ponen en las manos de los demás su propia felicidad, con lo que también se exponen a que otros les manipulen y se aprovechen de ellos.

Es muy importante no basar la valía de uno mismo en que los demás la reconozcan, ni en lo que opinen los demás de uno mismo. Cada persona es importante y valiosa, simplemente por ser ella misma, por existir, sin tener que hacer nada para merecerlo. Es muy difícil caerle bien a todo el mundo (por no decir imposible), y, por tanto, no todo el mundo que conozcas te va a valorar y reconocer. Tú eres quien tiene que decidir cuánto vales, sin necesidad de que nadie te lo diga, ni esperar sus valoraciones.

Recuerda que tú eres valioso por ti mismo, sin importar lo que hagas, ni lo que piensen los demás.

¡Abre tu Mente!

Seguro que alguna vez te ha pasado que empiezas a hablar con algún amigo o familiar y acabáis discutiendo, porque tú ves las cosas de una forma y él o ella las ve de otra diferente. ¿Qué ha pasado? Parece que tú tienes las ideas muy claras de cómo es el tema del que estáis hablando, y seguramente te has empeñado en hacérselo ver a la otra persona. Quizás ni siquiera has querido escuchar lo que tenía que decir porque tus argumentos están muy claros para ti, y los demás simplemente están equivocados.

Vamos a hacer una cosa: coge un trozo de papel y un lápiz. Escribe un seis (6) bien grande en el trozo de papel. Ahora, siéntate enfrente de alguien y pon el papel en medio de los dos. Pregúntale a la otra persona qué número ve en el papel. Seguro que te dirá que ve un nueve (9), mientras que tú seguirás viendo un seis (6). ¿Quién tiene la razón? ¿Quién está equivocado? Se ve claro que ambos tenéis la razón. ¿Entonces, por qué tu respuesta y la de la otra persona son diferentes? Pues porque cada uno está viendo el papel desde un punto de vista diferente. Si tú te levantas y te sientas donde está la otra persona, podrás ver el 9. Y si la otra persona se levanta y se sienta donde estabas sentado tú, podrá ver el 6 que tú veías.

Muchas veces nos empeñamos en tener razón y en que los demás vean las cosas como nosotros las vemos, sin darnos cuenta de que solo aportamos nuestro punto de vista y no tenemos en cuenta que puede haber más puntos de vista sobre el mismo tema. Estos nuevos puntos de vista no son ni mejores ni peores, simplemente son distintos. Como hemos visto antes con el 6 y el 9, es importante escuchar lo que los demás piensan, porque nos pueden mostrar puntos de vista que no se nos habían ocurrido a nosotros antes. Esta nueva información nos enriquece, y puede que nos haga cambiar de opinión o no, pero nos ayuda a abrir nuestra mente.

Por último, algo muy importante: puedes cambiar de opinión y no pasa nada. Es una prueba de que estás creciendo y llenándote de sabiduría. Recuerda que una planta, si no crece y cambia continuamente, terminará secándose.

Así pues, aunque tengas las cosas claras, escucha a los demás y ten tu mente abierta, para poder entenderte a ti mismo/a y, desde ahí, entender a los demás.

¿Buena o Mala Suerte?

 

Carla y Sandra están cenando juntas en el piso de ésta última. Están celebrando que Sandra se ha independizado. Carla observa con entusiasmo el piso que ha alquilado Sandra y le dice: “¡Es fantástico Sandra! ¡Has tenido mucha suerte! Aunque tú siempre tienes muy buena suerte, todo te sale bien. No como yo, que tengo muy mala suerte y nunca consigo nada”.

Sandra sonrió a su amiga y le dijo: “No digas eso Carla. Tú no tienes mala suerte, simplemente no usas tus recursos y capacidades para conseguir lo que quieres”. Carla, poniendo cara de no entender, le replicó: “No es así Sandra. Yo sigo viviendo en casa de mis padres porque no encuentro piso para alquilar y tú ya lo has encontrado. Además, las dos hemos hecho la misma carrera y tú tienes un trabajo mejor que el mío. A ti siempre te van las cosas mejor que a mí. Dime si no es que tú tienes mucha suerte y yo no”. Sandra entonces le preguntó: “Carla, ¿qué estás haciendo para buscar piso de alquiler?” Carla le respondió: “He preguntado en dos inmobiliarias y les he pedido que me avisen cuando tengan alguno para visitar. Me han llamado dos veces. Uno no me gustó y el otro no me venía bien visitarlo ese día, y al día siguiente ya estaba cogido. ¿Ves cómo tengo mala suerte?”

Sandra, mirando a los ojos de su amiga, le dijo: “Carla, si esperas que la solución te venga de fuera, sin esforzarte tú, no vas a conseguir nada” Y antes de que Carla replicara, Sandra prosiguió: “Mira, el mundo está lleno de oportunidades, pero tienes que estar abierta a verlas y preparada para cogerlas. Te pongo mi ejemplo: Para conseguir este piso, yo he visitado muchas inmobiliarias, me he visto todas las webs de alquiler, he llamado a muchos pisos y he visitado muchos otros. Al final, gracias a mi esfuerzo, he encontrado el piso ideal para mí. Yo a esto no lo llamo buena suerte, lo llamo premio a mi esfuerzo. Y lo mismo hice con el trabajo. Tú te conformaste con lo primero que te salió. Yo seguí buscando, hasta que encontré el trabajo que más me gustaba y más adecuado a mis expectativas.”

Carla bajó los ojos y dijo: “Puede que tengas razón. Es cierto que no me he movido mucho buscando piso y me he conformado con el primer trabajo que encontré, sin buscar más…” Entonces Sandra le dijo: “Carla, tu buena suerte depende mucho de ti, de lo que hagas, del esfuerzo, constancia y tiempo que pongas en ello, y de poner tus capacidades y tus recursos centrados en tu objetivo. ¡En el momento que pongas todo esto a funcionar, tendrás muy buena suerte!